Ella no estaba. Se quedó parado en la puerta del cuarto donde la había visto por primera vez, barriendo la alfombra con los ojos. No estaba, ella no estaba. Volvió a contar las rendijas de la persiana, y las manchas de humedad del techo, queriendo asegurarse de esta manera que era allí donde debía encontrarla, que no se había equivocado.
Lucía, parada detrás de Tomás, respiraba despacio para que él no se perdiera y tuviera que volver a comenzar. Cuando creyó que hubo terminado, le tocó apenas el hombro, para que no se asustara. Él se dio vuelta con la mirada baja, tal vez triste, y se encontró de pronto con los zapatitos de ella. Entonces una gran sonrisa se dibujó en su cara. Se miraron por un segundo, después Lucía salió corriendo de la vergüenza que le había dado. Así comenzó el juego de aquella noche, ella se escondió detrás de las herramientas del jardín, él la encontró y salió a su vez disparado a meterse en el placard del cuarto de invitados; luego ella, enredada en la cortina del baño, lo buscó a él, que compró finalmente a las empleadas de la cocina con una mirada suplicante, y logró que lo dejaran acurrucarse debajo de la mesa, siempre que prometiera quedarse muy, muy quieto.
Continuaron así, hasta que mamá Cecilia, que no halló esta vez en el rostro de su hija excusa alguna para retirarse, dijo:
—Vamos, Carlos. Estoy cansada ya, me duele un poco la cabeza.
***
Lucía llegó primera y fue directamente a la cocina para hacerse de un buen número de caramelos. Pasó los minutos siguientes escondiéndolos y desperdigándolos por la gran casa. Uno en el viejo tintero del Señor Héctor, otro en el cajón de su escritorio, varios perdidos entre las flores del jardín, y así. Le quedaban dos en la mano cuando la sorprendió Tomás, no lo había escuchado llegar, ocupada como estaba en encontrar el escondite apropiado para cada uno de sus dulces. Tomás la miró fijo, con los ojos encendidos: no se animaba a pedirle uno, no se animaba a preguntarle si había más para él. Creía que si lo hacía iba a conseguir que ella no le diera ninguno. Lucía sabía que la estaba codiciando y alargó el silencio a propósito antes de decirle:
—Hay más. Los escondí.
Entonces Tomás entendió que ese sería el juego de aquella noche: debía encontrar los caramelos. Hubiera querido decirle que no, que le dijera dónde estaban, y que en vez de eso, jugaran a la mancha, o hicieran el gran rompecabezas con dibujitos animados que veía en una caja grande, en una repisa alta, del cuarto de invitados. Pero no dijo nada.
Lucía, en cambio, con una sonrisa aún más amplia de la que ya tenía esbozada en el rostro dijo:
—Para que te diga dónde están tenés que responder mis preguntas bien. Por pregunta, una pista.
Los ojos de Lucía brillaban de poder. Le preguntó su color preferido, los dibujitos que le gustaba mirar, si su mamá lo retaba cuando no comía todo lo que había en el plato como a ella, si su abuelo no lo quería, si su papá lo llevaba al colegio antes de ir al trabajo hablando por celular todo el camino, si su mamá también lloraba de noche y si decía que era por una cebolla, aunque no hubiera ninguna cerca. Le preguntó en qué año había llegado el hombre a la luna, cuándo desaparecieron los dinosaurios, le pidió que nombrara los siete colores del arco iris y los nueve planetas del sistema solar.
Cuando él finalmente dijo Plutón ella fueron al comedor para buscar los cuatro caramelos que estaban escondidos ahí. Pero cuando llegaron mamá Cecilia los miró con cara de enojada. Esta vez, por encima del bullicio se escuchaban algunas voces gritando. Tomás se asustó y se quedó quieto. Pero Lucía estaba decidida a darle darle los caramelos que se había ganado, y no prestaba atención a nada más. Comenzó a gatear entre las piernas de no sabía muy bien quién, descubriendo los dibujos grabados en las patas de la mesa y mirando el piso, que se convertía en una ciudad repleta de tesoros escondidos, como sus caramelos. Los agarró y mientras salía, chocando con más de una pierna, porque era tan difícil gatear para atrás, escuchó de pronto a Mamá Cecila. Que dejara a los adultos en paz. Dejar a los adultos en paz, siempre había que hacer eso. Bajó la cabeza y se fue arrastrando los pies, y antes de que hubiera dejado el cuarto las voces se habían elevado de nuevo, y esta vez sí, ella las sentía como truenos.
***
Lucía aprendió a inventar millones de juegos y a disfrutar del efecto que sus exigencias tenían en Tomás; él, a dar vuelta las cosas para que fueran a su gusto, sin contradecirla. Ella decía “juguemos a las muñecas”, él le contestaba: van en auto. Ella decía la hora del té y él respondía: con dulces de verdad.
De tanto en tanto, venía alguien más. Algún sobrino, tal vez, o algún hijo de una familia amiga, que se convertían en compañeros de juego eventuales. Lucía y Tomás jamás quisieron excluirlos, pero por razones que no lograban entender, los nuevos terminaban siempre en los brazos del adulto que pudiera consolarlos, llorando. Cuando Cecilia, horas más tarde, se dirigía a su hija enardecida, preguntándole qué demonios había sucedido, Lucía le susurraba:
—Lo invitamos a jugar, mami. Pero no sabe contar las rendijas de la persiana ni girar hasta caerse.
Entonces Cecilia no encontraba fuerzas para gritarle y abrazaba la pureza de su hija, que ella imaginaba libre de maldad.
Otra cosa que sucedió poco a poco, fue que limitaron su zona de juego a la habitación alfombrada, los jardines y la cocina. Al principio, lo hacían en toda la casa, pero Héctor le había mencionado a su esposa María que más de una vez había encontrado pegoteados los papeles de su oficina. María había hablado inmediatamente con las dos madres que prometieron, no volvería a suceder. Helena y Cecilia, rojas de vergüenza, les cerraron la puerta del escritorio para siempre con una llave invisible que decía: no pueden volver a entrar. “¿Entendieron?”
Después fue el comedor. Les gustaba jugar ahí, con los muebles suntuosos y en ocasiones, por qué no, entre las piernas de los invitados. Pero cada vez, Cecilia los sacaba con más ímpetu. Fuera del living, continuaban escuchando gritos que ya no comprendían: si ellos habían hecho caso, habían salido del cuarto.
Las noches fueron sucediéndose una a la otra, gotas tintineantes de agua. Trajeron el amor maternal de las empleadas de una casa vacía, donde abundaban los chocolates pero no había jamás un niño para consentir. Los habían adoptado en seguida, conocían de memoria cada uno de sus juegos. Tal vez vieran a través de ellos la enorme carencia que sentían, por trabajar en una casa yerma, hermosa pero falta de vida, como sospechaban, lo era el vientre de su dueña.
Por eso, cuando Lucía entró a la cocina esa noche, Carmela ya sabía que ella quería jugar a la hora del té, y que iba a pedirle caramelos, que eran los preferidos de Lucía, y chocolates y confites, que eran lo que más le gustaba a Tomás. Carmela ya sabía, pero cuando fue a buscarlos, agarró más que de costumbre, en una premonición de que no iba a necesitar guardar algunos para la vez siguiente. Mientras los repartía en recipientes para dárselos a la pequeña, se concentró en escuchar las voces que provenían del comedor, que iban subiendo de tono, cada vez más alto, cada vez más.
Lucía vio una lágrima correr por la mejilla de Carmela y le preguntó si había estado cortando cebolla. Carmela la miró. Le dijo que no, que no lo había hecho, y la tomó en sus brazos. Siguió abrazándola fuerte, Lucía adoraba enroscarse alrededor de Carmela, hasta que llegó ella.
Mamá Cecilia entró en la cocina como una tempestad, las manos le temblaban en los gestos apurados, tenía la cara violeta y congestionada de bronca. Arrancó a Lucía de los brazos de la empleada, al mismo tiempo que decía, con un hilo de voz solamente, porque de otra forma hubieran sido alaridos:
—Lucía, ponete los zapatos. Nos vamos. A h o r a.