Crónicas, son las pequeñas cosas de la vida. Poesía o algo así... son imágenes que creé. La lúdica, porque a quién no le gusta jugar de vez en cuando. Pequeñas narrativas son historias... o fragmento de historias, porque se trata de construir. Y, por último, Mis citas preferidas, un viaje por mis lecturas que, espero, quieran compartir.

sábado, 4 de octubre de 2008

Mamá Cecilia - Parte 2

Tomás reconoció la casa de inmediato y ni bien mamá Helena lo dejó libre fue corriendo a buscarla. Recorrió las habitaciones, el jardín, el comedor que aún no estaba lleno del bullicio de los adultos y la cocina, de la que lo sacaron con una suave mano en la espalda.
Ella no estaba. Se quedó parado en la puerta del cuarto donde la había visto por primera vez, barriendo la alfombra con los ojos. No estaba, ella no estaba. Volvió a contar las rendijas de la persiana, y las manchas de humedad del techo, queriendo asegurarse de esta manera que era allí donde debía encontrarla, que no se había equivocado.
Lucía, parada detrás de Tomás, respiraba despacio para que él no se perdiera y tuviera que volver a comenzar. Cuando creyó que hubo terminado, le tocó apenas el hombro, para que no se asustara. Él se dio vuelta con la mirada baja, tal vez triste, y se encontró de pronto con los zapatitos de ella. Entonces una gran sonrisa se dibujó en su cara. Se miraron por un segundo, después Lucía salió corriendo de la vergüenza que le había dado. Así comenzó el juego de aquella noche, ella se escondió detrás de las herramientas del jardín, él la encontró y salió a su vez disparado a meterse en el placard del cuarto de invitados; luego ella, enredada en la cortina del baño, lo buscó a él, que compró finalmente a las empleadas de la cocina con una mirada suplicante, y logró que lo dejaran acurrucarse debajo de la mesa, siempre que prometiera quedarse muy, muy quieto.
Continuaron así, hasta que mamá Cecilia, que no halló esta vez en el rostro de su hija excusa alguna para retirarse, dijo:

—Vamos, Carlos. Estoy cansada ya, me duele un poco la cabeza.




***


Lucía llegó primera y fue directamente a la cocina para hacerse de un buen número de caramelos. Pasó los minutos siguientes escondiéndolos y desperdigándolos por la gran casa. Uno en el viejo tintero del Señor Héctor, otro en el cajón de su escritorio, varios perdidos entre las flores del jardín, y así. Le quedaban dos en la mano cuando la sorprendió Tomás, no lo había escuchado llegar, ocupada como estaba en encontrar el escondite apropiado para cada uno de sus dulces. Tomás la miró fijo, con los ojos encendidos: no se animaba a pedirle uno, no se animaba a preguntarle si había más para él. Creía que si lo hacía iba a conseguir que ella no le diera ninguno. Lucía sabía que la estaba codiciando y alargó el silencio a propósito antes de decirle:

—Hay más. Los escondí.

Entonces Tomás entendió que ese sería el juego de aquella noche: debía encontrar los caramelos. Hubiera querido decirle que no, que le dijera dónde estaban, y que en vez de eso, jugaran a la mancha, o hicieran el gran rompecabezas con dibujitos animados que veía en una caja grande, en una repisa alta, del cuarto de invitados. Pero no dijo nada.
Lucía, en cambio, con una sonrisa aún más amplia de la que ya tenía esbozada en el rostro dijo:

—Para que te diga dónde están tenés que responder mis preguntas bien. Por pregunta, una pista.

Los ojos de Lucía brillaban de poder. Le preguntó su color preferido, los dibujitos que le gustaba mirar, si su mamá lo retaba cuando no comía todo lo que había en el plato como a ella, si su abuelo no lo quería, si su papá lo llevaba al colegio antes de ir al trabajo hablando por celular todo el camino, si su mamá también lloraba de noche y si decía que era por una cebolla, aunque no hubiera ninguna cerca. Le preguntó en qué año había llegado el hombre a la luna, cuándo desaparecieron los dinosaurios, le pidió que nombrara los siete colores del arco iris y los nueve planetas del sistema solar.
Cuando él finalmente dijo Plutón ella fueron al comedor para buscar los cuatro caramelos que estaban escondidos ahí. Pero cuando llegaron mamá Cecilia los miró con cara de enojada. Esta vez, por encima del bullicio se escuchaban algunas voces gritando. Tomás se asustó y se quedó quieto. Pero Lucía estaba decidida a darle darle los caramelos que se había ganado, y no prestaba atención a nada más. Comenzó a gatear entre las piernas de no sabía muy bien quién, descubriendo los dibujos grabados en las patas de la mesa y mirando el piso, que se convertía en una ciudad repleta de tesoros escondidos, como sus caramelos. Los agarró y mientras salía, chocando con más de una pierna, porque era tan difícil gatear para atrás, escuchó de pronto a Mamá Cecila. Que dejara a los adultos en paz. Dejar a los adultos en paz, siempre había que hacer eso. Bajó la cabeza y se fue arrastrando los pies, y antes de que hubiera dejado el cuarto las voces se habían elevado de nuevo, y esta vez sí, ella las sentía como truenos.




***


Lucía aprendió a inventar millones de juegos y a disfrutar del efecto que sus exigencias tenían en Tomás; él, a dar vuelta las cosas para que fueran a su gusto, sin contradecirla. Ella decía “juguemos a las muñecas”, él le contestaba: van en auto. Ella decía la hora del té y él respondía: con dulces de verdad.
De tanto en tanto, venía alguien más. Algún sobrino, tal vez, o algún hijo de una familia amiga, que se convertían en compañeros de juego eventuales. Lucía y Tomás jamás quisieron excluirlos, pero por razones que no lograban entender, los nuevos terminaban siempre en los brazos del adulto que pudiera consolarlos, llorando. Cuando Cecilia, horas más tarde, se dirigía a su hija enardecida, preguntándole qué demonios había sucedido, Lucía le susurraba:

—Lo invitamos a jugar, mami. Pero no sabe contar las rendijas de la persiana ni girar hasta caerse.

Entonces Cecilia no encontraba fuerzas para gritarle y abrazaba la pureza de su hija, que ella imaginaba libre de maldad.
Otra cosa que sucedió poco a poco, fue que limitaron su zona de juego a la habitación alfombrada, los jardines y la cocina. Al principio, lo hacían en toda la casa, pero Héctor le había mencionado a su esposa María que más de una vez había encontrado pegoteados los papeles de su oficina. María había hablado inmediatamente con las dos madres que prometieron, no volvería a suceder. Helena y Cecilia, rojas de vergüenza, les cerraron la puerta del escritorio para siempre con una llave invisible que decía: no pueden volver a entrar. “¿Entendieron?”
Después fue el comedor. Les gustaba jugar ahí, con los muebles suntuosos y en ocasiones, por qué no, entre las piernas de los invitados. Pero cada vez, Cecilia los sacaba con más ímpetu. Fuera del living, continuaban escuchando gritos que ya no comprendían: si ellos habían hecho caso, habían salido del cuarto.

Las noches fueron sucediéndose una a la otra, gotas tintineantes de agua. Trajeron el amor maternal de las empleadas de una casa vacía, donde abundaban los chocolates pero no había jamás un niño para consentir. Los habían adoptado en seguida, conocían de memoria cada uno de sus juegos. Tal vez vieran a través de ellos la enorme carencia que sentían, por trabajar en una casa yerma, hermosa pero falta de vida, como sospechaban, lo era el vientre de su dueña.
Por eso, cuando Lucía entró a la cocina esa noche, Carmela ya sabía que ella quería jugar a la hora del té, y que iba a pedirle caramelos, que eran los preferidos de Lucía, y chocolates y confites, que eran lo que más le gustaba a Tomás. Carmela ya sabía, pero cuando fue a buscarlos, agarró más que de costumbre, en una premonición de que no iba a necesitar guardar algunos para la vez siguiente. Mientras los repartía en recipientes para dárselos a la pequeña, se concentró en escuchar las voces que provenían del comedor, que iban subiendo de tono, cada vez más alto, cada vez más.
Lucía vio una lágrima correr por la mejilla de Carmela y le preguntó si había estado cortando cebolla. Carmela la miró. Le dijo que no, que no lo había hecho, y la tomó en sus brazos. Siguió abrazándola fuerte, Lucía adoraba enroscarse alrededor de Carmela, hasta que llegó ella.
Mamá Cecilia entró en la cocina como una tempestad, las manos le temblaban en los gestos apurados, tenía la cara violeta y congestionada de bronca. Arrancó a Lucía de los brazos de la empleada, al mismo tiempo que decía, con un hilo de voz solamente, porque de otra forma hubieran sido alaridos:

—Lucía, ponete los zapatos. Nos vamos. A h o r a.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Mamá Cecilia - Parte 1

A Lucía le gustaba girar. Entraba en un cuarto y daba vueltas avanzando, cuidando especialmente los bordes de la cama, que era de lo que más dolía. Después aprovechaba el momento de leve confusión para apreciar esa imagen borrosa que quedaba del mundo, más verdadera que los costados nítidos de los muebles y los ángulos perfectos de las paredes con el suelo. A veces se caía. No pasaba muy a menudo lo que era una gracia y una desgracia al mismo tiempo. Cuando era más pequeña, la había salvado de los “un día te vas a matar” de mamá Cecilia, pero también le había privado los espléndidos segundos de su mundo al revés. Las bocas y los ojos invertidos, que aparecían por detrás de su cabeza, primero la mata de pelos, frente, nariz, boca murmurando: “¿estás bien?”. Y en seguida la mano abierta, la ayuda disponible, no sospechaba, no podía sospechar, que esa ayuda era una imposición; ella deseaba permanecer allí, contando las manchas de humedad del techo y las rendijas de la persiana, que proyectaban luz a rayas sobre la pared. No le alcanzaba con decir que no, porque entonces comenzaban más preguntas y los “¿seguro que estás bien?” que interrumpían la cuenta, y entonces se perdía y hubiera tenido que volver a comenzar. Pero nunca sentía ganas y se agarraba resignada, tomando siempre la muñeca y no la mano, para no resbalar. Tomás apareció un día allí. Los pelos rubios enredados, seguidos por sus ojos claros, la nariz de botón que sólo los chicos pequeños tienen el privilegio de tener. Ella se asustó al principio, porque había visto el cuarto alfombrado y vacío, esperándola, había girado con fuerza, queriendo tropezar, enredarse con sus pies y caer. Lo había hecho y estaba riéndose con ganas hasta que vio los rulos asomarse. Entonces se calló de repente, porque conocer gente al revés le resultaba tan extraño. Pero él no cometió el error de tenderle la mano para que pudiera levantarse, se dejó caer a su lado, con sus cabezas como centros de yin-yan y comenzó a reírse despacio, hasta que Lucía se plegó a su risa y permanecieron así varias horas, riendo, jugando a contar manchas, o a decir nombres extranjeros y hablando sobre las piletas hondas y el hermoso vértigo de hamacarse fuerte hasta que da mucho, mucho miedo. Comprendieron lentamente que un nuevo encuentro no dependía de ellos, que los dos habían sido vestidos y peinados con prolijidad, y los habían traído a aquella casa extraña a la que no sabían ir. (En cambio, Lucía sí sabía ir a la panadería y a la escuela sola). Entristecieron. Dejaron de reír, él le tomó la mano, y comenzaron a caminar juntos, por las habitaciones, el jardín, el comedor donde el ambiente se llenaba del bullicio de la conversación de los adultos y la cocina, de la que los echaron con una suave mano en la espalda, luego todo de nuevo, otra vez.En uno de sus recorridos, Cecilia vio el rostro de ella con los ojos lánguidos y dijo:

-Vamos, Lucía tiene sueño. Mirá la cara, pobrecita… Vamos.

sábado, 30 de agosto de 2008

Consejo para poetas

"Creedme que todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros". Rainer Maria Rilke

martes, 26 de agosto de 2008

El Tío Facundo de Isidoro Blaistein

Este cuento me leyeron, hace unos días, en voz alta. Recomiendo lo mismo, es imperdible.

http://confites.blogspot.com/2007/10/el-tio-facundo.html

"Mamá era feliz como una descosida y salía todas las noches con el joven poeta, y el tío Facundo decía que eso era bueno, que era salud y era la vida, que en la vida las cosas había que matarlas viviendo, que la belleza y la pornografía debían ir juntas y que el gran problema de la gente, cuando no había guerras, era que se aburría. Por eso, decía, los vecinos se pasaban la vida en la puerta viviendo de la vida de los demás, que los chismes eran una forma del romanticismo frustrado y que la gente consumía revistas de crimen y pornografía porque lo necesitaban, porque le suplían la vida, porque la verdadera vida era un vendaval."

lunes, 25 de agosto de 2008

BRONCA

Cuando las sensaciones son intensas para mí las veo propagarse por mi cuerpo, invadiéndome, como una gota de tinta en el agua: comienza concentrada en algún lugar y luego se difunde. Sólo que la gota no queda encerrada en mí. Sino que se expande al ambiente, me trasciende. El problema es qué hacer cuando no quiero manchar a nadie, no quiero si quiera a veces que nadie sepa de esa emoción.

Hoy me inundó una bronca. Era tan grande que se me veía en el fondo de los ojos, en las manos apretadas, en el rostro tenso. Estoy segura de que si alguien me hubiese visto, hubiera pensado en la amargura que yo tenía dentro. ¡Qué fea es la sensación que se tiene cuando se ve a alguien así! Me hubiera gustado haber pedido perdón a aquellos que me encontraron hoy, yendo por el mundo con esta bronca que tengo adentro, y que no les devolvió mi mirada ganas renovadas de vivir o una profunda sensación de alegría o soltura. Me gustaría darles eso a los que me ven. Pero hoy no. Y también es una parte de ser, aceptar que no hay.

La bronca que tuve es bronca de frustración. La frustración es una puerta a la impotencia y la impotencia a la pequeñez. No es exactamente lo que más deseo para mis días. Queda una certeza que encuentro bellísima de recordar. Tener este miedo, sufrir esta frustración y levantarme mañana sin ganas de hacer nada es una forma de saber que hoy estoy viva, no entumecida, no adormecida, no asustada por el miedo a fracasar. Viva, dispuesta a caer. Igual que el dolor: no hay tan dulce certeza de vivir.

Es simple, en el amor, en la alegría encontrar vida. Todos lo hacen. Pero también es más sencillo equivocarse, aferrarse a la falsa alegría, al falso amor: para sentir, para creer que siento. En cambio al dolor, bueno, tal vez sea más difícil imaginar que inventamos nuestro dolor sólo para tener certeza de vivir, para tener alegría. Yo creo que el verdadero dolor, el que es real, sólo llega, tan fuera de nosotros, tan fuera de nuestro control, que no queda más alternativa que saborearlo lentamente, como aquellos sabores ácidos que pinchan dentro de la mandíbula y hacen que la lengua se haga más fina y dan ganas de tragar rápido, aunque la sensación continua siempre después, aunque sepa que la sensación continua siempre después.

sábado, 19 de julio de 2008

¿Qué es un encuentro después de todo?

¿Qué es un encuentro después de todo? Vos y yo, uno a cada lado de la mesa, riendo más que hablando, estirando los dedos de a poquito hasta que por casualidad (¿casualidad?) llegan al otro lado de la mesa donde están cerca tuyo y siguen alargándose, crecen como plantas que buscan luz porque quieren tocarte, temerosamente.

Entonces estás vos, y estoy yo y nuestros dedos a punto de tocarse –y tal vez si lo hicieran todo se caería y nos perderíamos en un mundo que, por suerte, no es– pero eso no ha sucedido y tu uña está a milímetros de mi nudillo y siento el peligro condensado en el aire y la energía vibrando en ese espacio. Pero no se tocan, aún, no se tocan.

Es que me preguntaste quién era y yo quiero decirte mientras lo que de verdad está ocurriendo es tu dedo frente a esa mano. Salen las palabras de nuestras bocas como cataratas –más risas que palabras, por lo menos– y yo respondiendo sin hablarte quién soy. (Y si me preguntaras por mis miedos nunca te diría que temo estar sola, no, no estar, sino ser, como las Soledades de García Márquez). Entonces tu yema comienza a deslizarse por las líneas de mi palma, ah, y rápidamente se enredan las manos, como si una vez atravesado ese umbral fuéramos libres de no destruir el universo con el contacto de nuestros dedos.

He intentado mostrarte quién soy, pero me he dado cuenta en seguida que los dedos entrelazados no alcanzaban, y no ha comenzado a llover cuando nuestras manos se tocaron, y como nuestros dedos no hicieron que seamos, busco tus ojos y sueño.

Sueño que ya éramos lo que somos.

Sueño que siempre seremos lo que somos.

Y tal vez así, eternizando el instante que era fugaz. Tal vez así, deteniendo el tiempo, –no congelado porque no me gusta, en un movimiento que es detenido– tal vez así puedas verme y yo a vos, por que de otra forma, si el tiempo se obstinara... No llego a verme a mi misma mientras todo se escapa y vos y yo escapamos.

viernes, 6 de junio de 2008

Twenty-somehting...

"Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado."
"Tabaquería", Fernando Pessoa


Título robado de Jamie Cullum, buen jazz, por cierto.

Ahora sí. Resulta que muchas veces me olvido. Es fascinante, el olvido. Yo había empezado con un pequeño pasito de hormiga a construir una idea. Hubo veces que construí durante días enteros, de a poquito, todo chiquito: hasta tener una montaña de granitos de arena.

Hubo viento. Todos volaron. Tuve que empezar de nuevo. Es fascinante, el olvido ¿Cómo construyo un castillo, si esa montaña, ya se voló? Imaginalo, es difícil, es largo, es solitario: y al final, solamente un castillo, que no es un hogar: es una extravagancia del cuerpo.

Necesito juntar todas mis fuerzas para no construir castillos. Ni montañas. Algo que perdure, sí, algo que sea calentito, sí, algo para ella, sí. Algo para mí, también.

lunes, 2 de junio de 2008

El Perseguidor, Julio Cortázar.

Aprovecho que Her ya recompiló las mejores citas de este cuento y les dejo acá un link a su blog. No lo pude evitar, y de comentario agregué mi preferida, que la dejo también en está página porque, incluso, merece ser leída dos veces:


"Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve, que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación, llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue."

Vale la pena, realmente, entrar a ver el resto a http://progresivonoprogresista.blogspot.com/2008/05/gracias-julio.html

El cuento completo está en Las armas secretas, junto con otros también impecables, como Las babas del diablo y Las armas secretas.

domingo, 1 de junio de 2008

The Music Of The Night - The Phantom Of The Ophera, Andrew Loyd Weber

"Nighttime sharpens, heightens each sensation
Darkness stirs and wakes imagination
Silently the senses abandon their defenses

Slowly, gently, night unfurls its splendour
Grasp it, sense it, tremulous and tender
Turn your face away from the garish light of day
Turn your thoughts away from cold, unfeeling light
And listen to the music of the night

Close you eyes and surrender to your darkest dreams
purge your thoughts of the life you knew before
Close your eyes, let your spirit start to soar
And you'll live as you've never lived before"

"Let your fantasies unwind
In this darkness which you know you cannot fight
The darkness of the music of the night
Let your mind start a journey through a strange, new world
Leave all thoughts of the life you knew before
Let your soul take you where you long to be!
Only then can you belong to me"


"Let the dream begin,
Let your darkest side give in,
To the power of the musice that I write...
The power of the music of the night"

"You alone can make my song take flight
Help me make the music of the night"

El otro, Jorge luis Borges

El fragmento que más me gustó del cuento que leí ayer:

"El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón."

Abigal

“Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música…”
J.R.R Tolkien



Ainur



I.


Es un engaño, la percepción. El silencio no es más que una simple evidencia de la limitación humana. En el universo no hay silencio.

Si fuera delfín, en el agua escucharía el movimiento de los seres alrededor mío. Acá el aire no trasmite. No percibo, no escucho, casi nada. Imaginame en el agua girando, avanzando, como una ola que quiere y no quiere llegar a la orilla porque es su destino y su fin al mismo tiempo. Imaginame como un torbellino, enredada en el agua que nunca enrieda, escurridiza. El agua se siente en el cuerpo, suave, te toca. El aire no. Sin embargo. Si corro puedo sentir el aire golpear contra mi cuerpo, yo avanzando desesperada y cada partícula, cada molécula golpeando contra mí, quiere detenerme, friccionarme, yo corro igual contra él, una gran pelea: pero lo siento. Por lo menos, lo siento.

No percibo, no escucho, casi nada. No cuando estoy en un banco, en una plaza, mirando el cielo. Al lado hay otro y está pensando cómo necesito que me extiendas una mano y sentir el apoyo, mutuo de los dedos, entrelazados. Piensa, pero yo no escucho. Extender una mano, extendeme una mano, a mí me gustaría que hoy, vos pudieras ver que yo necesito que me extiendas una mano; sólo tu mano abierta, invitándome, alcanzaría.

Igual que no puedo, escuchar, cuando el viento no mueve las hojas y cuando él todavía no llegó a casa. A veces intento, escuchar, que él no llegó. ¿Cómo suena? Es sórdido. A veces. Es libre. A veces. Pero no es eso, no el silencio, sino yo que me escucho, pero no a él que todavía no llegó.


Hay una música. El sonido del tiempo que corre tiene ritmo. Late. Pero no sé cómo suena.


Si supiera.


No hay silencio. Sólo una música que fluye. Como agua.


II.


No hay silencio. Sólo percepciones diferentes. La música del universo cuenta una historia que sólo puede ser oída una vez. Abigal es eterna. La escucha un ser eterno. Juegan a que él la escucha a cuando en realidad. En realidad, ella le pertenece. La música, la historia. Y sin embargo, juegan, ¿por qué no habrían de hacerlo? La música está y él también, y qué otra cosa…

Juegan a contar una historia que no necesita ser contada, porque él ya la conoce y ella es, en esencia, esa misma historia. Una voz que no dice palabras; sólo fluye, bella. Se parece mucho a aquellos sonidos que escuchamos dentro nuestro y nunca fuera. A la fantasía de una voz.


Ella y él son en realidad la misma cosa.



III.


Se parece mucho a la fantasía de una voz. Si tuviese que describirla mejor, diría, sin duda, que es blanca. No podría ser de otro color. Porque contiene todo y cuando la luz de él la atraviesa se ven en ella todos los colores del universo.

Un día, de hecho, hace ya mucho tiempo, la luz de él la atravesó y los colores salieron de Abigal salpicando. Como manchas se distribuyeron en el espacio pegándose en las cosas que ya había. En ese momento se salpicó el agua de azul profundo. Podría haber sido púrpura aterciopelado, pero esto, simplemente, no ocurrió. El cielo, por ser casi inmaterial, tomó pequeños pedazos de varias manchas y por ello cambia siempre sus colores.

Pero los colores estaban cargados de energía de él y eran inquietos. Rápidamente empezaron a pegotearse unos con otros, armando nuevos. Y a medida que se chocaban y se recreaban iban excitándose y contagiándose. Imaginalos bailando, una danza primitiva. Ellos se tocan, se acercan, cada vez más, unos a otros. Bailan, irradian energía. Tienen cuerpo, tienen forma. En ese instante se vuelven desesperación se arrancan partes, unos a otros, mordiendo, jugando peligrosamente, gritando, tomándose con fuerza. Para ser.


Entonces hubo.


Por primera vez. Vida.



IV.


Es fácil equivocarse y creer que yo también puedo ver el azul profundo. O los colores del atardecer. Jamás voy a verlos como se salpicaron aquel día cuando sólo eran colores y no óleos carmín o margaritas amarillas o barro marrón.

Ser color está atado a un objeto. Hay cosas que no se pueden ver. El azul no se ve. Simplemente no se puedo, no es factible, realizable. Pero. ¿Si están? ¿Si fueron? ¿Si existen?

Conservarían su esencia. La danza que los volvió vida. Jugarían por el mundo correteando. Saltarines. Una vez al año se reunirían para recordar el día en que bailaron, todos juntos, perdidos en el algún lejano glaciar. Tal vez con la primera luz del solsticio de verano. Un alba diferente, especial, que ilumina colores diferentes. Es casi un día continuado, sólo ellos saben el momento exacto. Lo perciben. Lo huelen en el aire helado. Entonces sienten la energía llegar. Empiezan vibrando, mientras la luz cambia y el ambiente se tensa. Cada instante que pasa, el aire se hace mas denso, más corpóreo. Son ellos que se transmiten unos a otros, se comunican. De repente la tensión se hace insoportable; y entonces explotan y comienzan a danzar. Corren. Saltan unos sobre otros. Apenas se rozan. Ya no pueden tocarse. Ya no pueden mezclarse. Tienen que conservar la vida que son.


Y eso, es lo más difícil que se puede imaginar.
Extendés tu mano para realizar ese movimiento preciso con un fin premeditado, conseguir esa reacción en el otro. Atraerlo. Hacerlo creer que puede, que está cerca. Pero es una simple trampa, una forma más de llegar a donde querés, al otro lado, donde te esperan con las mismas ideas e intenciones (aunque inocentemente no quieras creerlo).

Vivís ese momento como si estuvieras adentro y sentís la atracción, la técnica, el ida y vuelta, el contraste, lo bueno y lo malo, que existen sólo momentáneamente para cambiar cada vez que comenzás de nuevo. Cada lugar, cada parte es importante; Tan real como delicada. Parece insignificante pero puede convertirse en protagonista. A veces es como tomar el control y ser el rey, otras es dejar que te dirijan y avanzar lentamente.

Es una guerra que no daña a nadie porque los jugadores están intrincados y entrelazados. Se suceden, en tensión palpable.

Fijás tus ojos en el otro, intentando predecir, adivinar. Pero no podés. Tu mente intenta vanamente pensar. Influirlo, desconcertarlo. Pero el también quiere atraerte y sabe, sabe cómo hacerlo. No podés resistir, necesitás hacer ese movimiento y entonces, escuchás al otro que feliz te dice: Jaque Mate.

sábado, 31 de mayo de 2008

Una Rueda

Imagina una rueda. De esas viejas, de madera. Gira pesada por el barro y deja una marca. Que es una línea pero es una rueda. Es profunda y lisa. Te habla. Te dice que allí hubo una rueda, aunque no está, ya no está la rueda.

Y lo más terrible es que estés tan seguro. Que fue una rueda, te digo, que no fue otra cosa, ni una víbora, ni un niño pequeño arrastrando sus pies. Una rueda, una rueda que rodaba por el camino con barro. Y dejó su marca profunda, y vos estás tan seguro. Pero no sabés, en realidad no sabés, y nunca vas a saber si fue una rueda o una nena que tenía un bastón y llevaba su bastón por el barro y dejó una marca. ¿Por qué estás tan seguro?

SOÑANDO NINGÚN SUEÑO


El aroma penetrante de la realidad. Eso, sí, es eso lo que me hace saber con certeza que no estoy dormida, soñando ningún sueño. De los ojos no me gusta fiarme: los encuentro traicioneros. En cambio, el aroma no, mi nariz no –me parece perfectamente confiable. Tal vez sea algo heredado, mi mamá se fia mucho de su sentido del olfato.

Recuerdo una tarde, yo me había puesto su perfume favorito. Estaba por salir de la casa y la encontré en la cocina, nos separaba la mesa del comedor diario, donde pueden sentarse cómodas seis personas. “¿Vas a salir?”. Le dije que sí mientras me corría el pelo del cuello. “Te pusiste mi perfume preferido”.

No lo negué. Sabía que no podía y sobre todo que no era necesario. Lo dijo así: como quien percibe algo certero, presente, potente: y se resigna a ello.

Sí, tal vez lo heredé de mi mamá.

Una Piedrita Blanca

"Poseo mucho más en la medida en que no consigo nombrar"
Clarice Lispector
***
Una Piedrita Blanca

Empiezo a sentir. Como una piedrita blanca dentro del cuerpo. A veces está en el pecho, otras en la panza. Pero también puede ser en la rodilla o en el espacio detrás de la oreja. Entonces me pregunto despacito, en voz baja y suave, ¿qué es la piedrita? Inmediatamente me doy cuenta que no sé. Que tengo que buscar. Buscar una respuesta. Junto con esta certeza aparece siempre el miedo. De no encontrar. Porque si fallo la piedrita quedará ahí, sin nombre, quieta. Y si fuera así, entonces duele. Duele con un dolor seco y constante, que parece que va a apagarse en cualquier momento pero permanece. Así el miedo de repente es angustia: porque la piedrita está y el dolor se siente.

Quedan dos opciones. Una es continuar la búsqueda. Eso significa que tal vez pueda comprender y el entendimiento, como ingrediente de alquimista, transformará la piedrita blanca en otra cosa. En un amor no correspondido; en el miedo a empezar algo nuevo. Sé que si cambia puede doler más. Pero ya es distinto, porque es un dolor encendido que crece y sobrepasa el cuerpo. Se va escapando lentamente por los poros.

La otra, es tratar de olvidar la piedrita. Dejarla, quieta. Pensando que, por ahí, si tomo mucha agua se vaya. Queriendo que me inunde una alegría suficientemente grande para desbordarme y empujarla hacia fuera.

El peligro es, que a veces, es la misma piedrita la que me impide tomar mucha agua o sentir una alegría bien grande.

SPOTLIGHT

Hay un spotlight. No se puede apagar. Solamente se puede dirigir. Esta es la única elección que se toma. Hay una manija que mueve una luz, esa luz es potente y concentrada y deja ver una sola cosa. Aquella que se elije.

No sé si voy a ver el resto. Eso depende de otras luces que manejan otras manos. Sólo se puede manejar esta luz, y elegir. Por eso no vale decir que no vi, que no me di cuenta, que estaba oscuro, que era difícil. Porque la única respuesta verdadera es: elegí mirar otra cosa. Por más que deseaba ver, era lo que más quería: elegí mirar otra cosa.

Es una responsabilidad grande. Claro que preferiría pensar que no pude, que todo negro, que tenía que ver lo que estaba pasando a la izquierda, era una urgencia, entendés, un prioridad, no es que no quise, yo… Estaba confundida. Imaginate, el contraste tan seco, tan fuerte, entre el blanco cegador de la luz y el temido negro del abismo. Todo se mueve, el instante en el que algo se ilumina es tan fugaz y sólo ese momento para ver. Un destello.

Se puede apuntar a un único lugar. Esa es mi elección. Peor. Esa es la elección de los otros. ¿Y si yo dirijo mi luz a alguien que tiene la suya en otro lado? Entones no recibo respuesta. El otro no puede verme. Qué horrible. Qué peligro. Una sola posibilidad una sola opción y lo más probable es que la luz del otro ilumine a alguno de los millones de puntos y destinos y jamás justo, jamás de casualidad, jamás porque quiso: a mí.

Espero. Que aunque sea una vez en la vida, por una milésima de segundo, tendría que poder pasar la maravillosa coincidencia. Las luces enfrentadas. Las dos personas claramente visibles, claramente vivas. Presentes. Con la energía de la luz conectándolas. Ese es el momento que espero. Con soledad, lo espero. Tal vez lo espere toda la vida.

Seda, una parte imaginaria

Lo que sigue es un encuentro imaginario entre los personajes de Seda, de Alexandro Baricco. Espero que les guste.
I.



Ella vestía de rojo. La luz, que era manchas a través de los árboles, con esa misma irregularidad, de tanto en tanto, volvía traslúcido su vestido. Estaba sentada en una roca, la pierna hacia el lago y el pie jugando infantilmente con el agua. Si bien la postura podía haberle parecido un poco incómoda a quien intentara imitarla, la muchacha se veía calma, tan leve que habría podido elevarse sobre la piedra. Era casi imperceptible, como si hubiera un pequeño espacio entre ella, tan tierna, y la aspereza de la roca.

Hervé Joncour la miraba. Con una violencia que le arrancaba a ella la obligación de permanecer, en apariencia, indiferente. Hervé Joncour lo sabía, y comenzó a acercarse, contagiado por su suavidad, con pasos mudos como el polvo que se acumula en una casa inhabitada.

Después,
Hervé Joncour
tomó una piedra del suelo,
la levantó con cuidado
y la arrojó al lago.
Justo donde se posaban los ojos de ella. El agua se onduló en perfectos círculos concéntricos y la chiquilla, siguiendo una de sus líneas, caminó con la mirada hasta el sitio donde, en silencio, estaba parado Hervé Joncour. Le sonrió. Entonces Hervé Joncour avanzó. Ésta vez, las ramas crujieron bajo sus botas francesas, y se sentó a contemplarla. A distancia suficiente, de manera que si lo hubiera querido, su mente pudiera hacer una pintura de ella completa.

La mujer había vuelto a mirar el punto en el lago donde antes había caído la piedra; Hervé Joncour, podía ver, en cambio, el borde de su mentón, sus pestañas pero no sus ojos, la parte más rosada de su mejilla, el costado de su boca y la punta de su nariz.

Permanecieron así. La luz continuó bailando sobre la seda roja hasta que estuvo a punto de desaparecer. Se acentuaron los perfumes de la selva que rodeaba el lago. También se intensificó el perfume de ella, que entre el aroma dulzón de las flores y la fuerte reminiscencia a vainilla del oriente, se distinguía fresco y singular.

Finalmente, sólo quedó una luz tenue que permitía adivinar el contorno del lago, y el contorno de ella. Nada más. Con un único movimiento, se despojó del vestido.

II.



Dejó caer la seda roja a un costado, aunque ya no era roja. Era sólo una sombra que se internaba en la oscuridad del suelo.

Hervé Joncour tomó la seda del suelo. La envolvió. La alzó en brazos. Apoyó su cabeza cuidadosamente sobre el hombro, observó que ella cerraba sus ojos y casi dormía, y comenzó a caminar hacia la aldea.

LOVE STORIES

Tengo una familia extrañamente poética y me refiero a que jamás confesarían su propia poesía. Lo considerarían dramático en exceso. Incluso, creo, al escuchar, sus rostros se contraerían en una actitud un poco despectiva que oculta con facilidad la incomodidad que sienten frente al hecho. Excepto mi abuelo, que sonríe brillante cada vez que puede traer el tema a la mesa.

Digo que mi familia tiene poesía por las historias de amor, aunque también por la forma de desconocerlas y, a veces, casi de despreciarlas. Primero mis abuelos. Mi abuelo se reconoce un “ganador” en lo que a mujeres respecta –o a cualquier otra cosa, pero de esto estamos hablando. Entendió antes de su época la importancia de tener un cuerpo sano y había logrado formarse en cultura y arte. Claro que cualquiera en este momento puede adivinar que él eligió entonces una mujer inalcanzable, una hermosa extraña: para obsesionarse. Es que mi abuelo era un amante de los desafíos mucho antes de ser amante de ella. No sabría decir cuándo la vio por primera vez, pero desde aquel día fue religiosamente todas las tarde a verla bajar del colectivo. Todas.

Pasaron años sin que se decidiera a acercarse a ella. Pero con los no-encuentros de cada tarde y todo, mí abuelo continuaba su vida. En esa época ya trabajaba, estudiaba pintura y era público fiel de los conciertos en el Teatro Colón. Por su puesto que el cuadro no estaría completo sin una esposa: y mi abuelo se comprometió con otra. A pesar de esto, llegó el momento en que finalmente se animó: la invitó a tomar un café. Mi abuela aceptó. Claro que ella no sabía que él llevaba años imaginando ese momento, y ella, en cambio, recién había descubierto a aquel hombre. Sin tejer ninguna red –mi abuela teje maravillosamente bien– fue a encontrarse con él. En mi imaginación, este encuentro es parecido a tomar un ejército americano y enfrentarlo con algún pueblo indio que predicara la paz. Pero adoro que haya sido así. Mi abuela se enamoró. Mi abuelo rompió su compromiso anterior.

Mi papá fue el primogénito, dos años después del casamiento. Y veinte años más pasaron, antes de que él fuera a Brasil con sus amigos. Ya estudiaba ingeniería impulsado por mis abuelos. Él quería anotarse en física, pero fue salvado a tiempo de “morirse de hambre”. Iba entonces a Paseo Colón y a Las Herás regularmente, y lo único que sé con certeza sobre él en ese momento es que tenía auto –mi abuelo no hubiera permitido que su hijo tenga que ir a la facultad en colectivo– y que cuando se sentaba en el aula se le veía el calzoncillo. Eso fue lo que mi mamá registró en la facultad, antes de ir de vacaciones a Río con sus amigas.

El país extranjero les dió cierto permiso –esto me hace pensar, hay un chico en la facultad que me gusta, lo veo todos los jueves y no tengo ninguna razón para hablarle, sólo queda para mí acercarme y decirle: “Imaginá, por favor, que estamos en Brasil. Entonces yo estaría obligada a saludarte, porque nos conocemos de la facultad”– y allí sí se reconocieron y saludaron con una emoción que no fue necesario ocultar. Quedaron en un próximo encuentro: al día siguiente irían juntos a la playa de Ipanema. Papá fue. Pero mamá no. Estaban cruzando la avenida costanera, cerca de una curva. Mi mamá iba distraída siguiendo a sus amigas que caminaban por delante de ella. Entonces las vio salir corriendo y antes de que pudiera entender por qué fue atropellada por un auto que había aparecido repentinamente dando la vuelta por aquella curva. El conductor frenó en seguida y fue a buscarla: mamá había volado casi diez metros hacia delante por el impacto. La llevó de urgencia al hospital. Dicen que se salvó porque, en esa época, tenía la masa muscular de una buena deportista. Nunca llegó a la playa.

Recién varios días después, cuando sus compañeras de viaje fueron al departamento para tomar sus cosas y llevarlas a su nuevo alojamiento, la casa de mi familia en Río, se encontraron allí con mi papá y sus amigos y les contaron lo que había sucedido. Ahora digo que, por suerte, mi tío abuelo tenía allá un hermoso triplex con vista al mar y una pileta en la terraza, que es un lugar increíblemente atractivo para adolescentes en un viaje de bajo presupuesto. Papá la conquistó a mamá con monerías –hacía en ese momento saltos ornamentales y millones de acrobacias– y con mucha labia. Aunque me pregunto cómo lo conquistó ella, que necesitaba en ese momento curaciones diarias de las quemaduras que el cemento le había dejado en la piel. Creo que debía ser realmente bella.

Entiendan entonces mi dificultad ara aceptar como pareja a alguien que, simplemente, conocí en un bar. ¿Qué le contaría a mis hijos? Por suerte, yo decidí acercarme a la poesía y crearla cuando ella, solita, no acude.

LO QUE SE ESCONDE

A lau ,
Él era lo más parecido a una momia que había visto en mi vida. No se movía. Nada. Ni un centímetro por compasión.

Normalmente, esto es si no hubiera estado frente a una momia, hubiera tomado control de la situación. No necesito mucho para saber qué esperar: pero necesito algo. Me encontraba completamente fuera de mí y debo decir que, desde esa perspectiva, la escena que se observaba era tan ridícula que bordeaba lo bizarro. Estaba yo, inquieta, sobre mi cama. Primero sentada, después acostada: esperaba que de alguna forma, esto fuera leído como una actitud de acercamiento por la momia y que, entonces, ésta se moviera. Pero la momia no se movía.

Estaba ahí, la espalda erguida porque no podía ser de otra forma, levemente apoyada contra la pared –aunque creo que si la hubiera observado de cerca, habría podido ver que, en realidad, había una pequeña separación entre ella y la pared, y que sólo parecía asi, levemente relajada, pero se mantenía erguida, en clara tensión– las piernas toscas estiradas y la mirada un poco difícil de descifrar entre los vendajes. Hacían ya dos horas que estábamos hablando –en realidad yo hablaba, la momía solo asentía– por lo que hacían ya dos horas que la momia no se movía ni un centímetro.

A esta altura, queda claro que yo tenía un problema. Si hubiera sido un hombre en vez de una momia, hubiera sabido moverlo. Pero a la momia tenía miedo de exigirle: y si en realidad era que él no podía, pero, ¿quería?

No sé si lo notaron, pero es muy difícil ver que hay detrás de los vendajes. Están para proteger, aunque tal vez también. Sí, tal vez, también, para esconder. Por favor, no me preguntan qué es lo que esconde, si los supiera no tendría este problema, ¿no?

LLENO DE PUNTOS

A Pétalo, porque la historia es suya
Para mí las mañana siempre tuvieron paz. Es el día que tiene la capacidad de volverse turbio. Literalmente turbio: ininteligible, opaco, lleno de puntos. Eso, turbio para mí quiere decir lleno de puntos.

Bueno, pero resulta que hoy me desperté con una sensación de paz. Sí, es verdad, casi siempre me despierto así. Creo que es el rincón del Jardín de Edén que habita dentro mío. Conservo la inocencia para aceptar levantarme, despertarme con paz: y luego arruinar lo que queda del día.

Y hoy fue un día que me exasperó de más. Pero eso no es interesante. Seguro que tu día también lo fue. Pero hubo algo especial. No por lo exasperante, claro que no. Más bien por la innegable satisfacción que siento ahora. Estoy satisfecha por que hoy viví un intento de robo. No fui yo la que lo intentó. Concretamente –siempre hay que decir las cosas así– concretamente, lo que sucedió es que yo estaba en el subte. Era tarde, aunque esto no influye demasiado, pero realmente lo era. Entré en el vagón, me paré frente a los asientos y me tomé de una manija. Como siempre pasé así algunos minutos; el subte y yo tenemos una larga relación, por lo que fueron unos minutos agradables. Hasta que. Sentí que alguien se paró justo detrás mío. Demasiado cerca. Demasiado para la situación mucho más parecida a un campo argentino con vacas que un recital de rock, en el subte de las diez de la noche. Por instinto –mentira, no hay instinto acá, esto es cultura, el robo es cultura– moví mi cartera hacia delante: tenía el cierre abierto.

Temor. No faltaba nada. Alivio. Recién entonces pude sonreír como quería: “me quisiste robar”. Inmediatamente corre por mi rostro hacia mi cuello la saliva ajena. ¿Cómo se atreve? –me pregunto– ¡cómo! Se desata en mí. Se precipita, se atropella hacia la superficie el rencor. Entonces le pegué una patada. ¿Fue suficiente para alejarla? No. Para calmar mi ira, para ello fue suficiente.

Llegué a casa feliz. Mi día había sido un buen día. Era de noche y sentía una paz que me hubiera permitido soñar los sueños más encantadores.

Desvanecer

Era como tener entre los dedos la nada. Ella se escurría entre sus manos. A pesar de que él la sostenía con firmeza parecía que iba deslizarse hacia el suelo. La veía traslúcida. A punto de desaparecer. Él estaba aterrorizado. La respiración le quedaba en el pecho y no llegaba hasta el resto del cuerpo. Era tanto el miedo que lo habitaba que pronto sus fuerzas también comenzarían a flaquear. Pero no podía, no, no podía. Precisaba sostenerla a ella y para eso conservar la fuerza. Comenzó a proyectarse: por ella imaginó un descampado y él sólo en el medio. La soledad lo nutría. En su imagen respiraba tranquilo, el aire llegaba hasta la profundidad de su cuerpo renovándolo: era un aire frío. La energía de respirar era como agua para él. Adormecía la ansiedad que era sed en su ser. Abrió los ojos. La palidez de ella se había contagiado a sus labios que segundos antes permanecían rojo carmesí. El único color que quedaba en su cuerpo ahora era el de los ojos, que aunque cerrados, podía adivinar verdes y profundos: única salvación.
Por favor, abrilos, te lo ruego. Mirame. Clavame los ojos como puñales. Lastimame con una mirada certera. Te lo ruego.

Addicted

está ahí, está siempre ahí y no hay nada que pueda hacer. Nada.

Lucho, cuando aparece.
Si viene
peleo
con todas mis fuerzas para
que se vaya.
Pero es difícil
se me anuda la garganta
y achica el pecho
de repente me siento
pequeña
frente a

Ella que es tan grande
lujuriosa
voluptuosa.
Yo tan pequeña
al lado de ella.
Entonces busco
fuerzas que no tengo
que no hay
que hubo otros días cuando
yo
era mujer.
Ya no soy.

Busco
tengo que encontrar
porque si no encuentro
entonces ¿qué?
si no encuentro
¿qué?
Pero no puedo, ya no puedo, que me lleve, no me importa
ya no me importa
¡ella es tan linda y tan fuerte!
Y yo una vez
fui, pero ya no

Ella me lleva
yo me dejo ir
primero un dedo, después la mano.
Me agarra
tan suave
ella me toma
tan suave
el hombro.
Me da un pequeño beso y casi
me muerde
juguetona.
Envuelve mi cintura,
fuerte
Yo la miro
está tan cerca
agarrándome
ella ella
nuestras narices
casi tocándose
ella ella



Miro
profundamente en sus ojos
veo.
Peligro.
Recuerdo.
Y lucho, logro zafarme
de sus brazos
ella crece más
transformándose
llena de rabia.
Quiero correr pero no puedo
mis pies clavados al suelo.
Como un demonio me mira
esa boca abierta
con dientes negros.
Escruta
tan intenso que estoy
en una cárcel.
De ella.
Y qué, ahora
qué,
ya no puedo,
no
no puedo.

Mis ojos rezan. Ella comprende y se va. Esta vez

FANTASÍAS

Las mías comenzaron con príncipes azules. No porque fuera lo único importante para mí –de chica soñaba con ir a Harvard– sino porque esto era realmente una fantasía. Mi yo niña creía que jamás iría a suceder.

But life has it's ways… Y creo que tuve mi príncipe azul. Él era un hombre, no era perfecto, y por supuesto, no tenía caballos ni castillos. Creo que nada de esto importa. En cambio, lo que parece indispensable entender, es que la idea se había arraigado tanto en mí, que pronto estuve lista para recibirlo: entonces el llegó.

Ya no sueño con príncipes. Los años volvieron atractivos a hombres menos caballeros y mucho más reales. El problema es que, al no poder materializarlo vívidamente dentro mío, él parece no acudir.

EL SOL QUEMA

Es suave. Llega como brisa que anuncia un viento más fuerte. Creo que lo primero que sentí fue una profunda admiración. Por el ligero cambio de perspectiva –el cielo se había abovedado y me sentía segurísima de estar dentro de alguna de esas esferas de vidrio que se agitan para ver la “nieve”–, por la súbita nitidez de todo.

Inesperada nitidez, mi propio prejuicio de confusión. No, no había confusión, sólo una alteración de mi mundo. Digo mi porque nunca fue tan claramente propio.

El pasto ondulaba por la brisa.
Las nubes se escapaban hacia un claro punto de fuga.

Y la música. Qué placer, esa sonoridad desconocida. Mientras tarareaba despacio mi resonancia se convertía en una planta con colores y formas que crecía con ella. Afuera la música de la ciudad que jamás escuchamos. En verdadera armonía. Tal vez, porque la melodía interior ahora era armónica.

Una única urgencia: la de expresarme, la de tener un medio para transmitir la belleza de lo que veía. Mentira. Había una urgencia más: de contacto con el otro. La belleza tenía un erotismo tierno, pero intenso. La diferencia en la sensibilidad exigía otro: pero no hubo.

Una etapa: fascinación. Vi una mujer, esbelta, larga, toda vestida de negro. La cintura tan fina, los cabellos también negros, atados, cayendo largos sobre su espalda. La seguí en bicicleta. No podía ver otra cosa en el universo más que esa morocha que brillaba, deslumbraba. Entonces escuché Piazzola. Al otro lado del océano y llamándome. No pude hacer otra cosa que sentarme, cerrar los ojos. Y escuchar.

Suave. Se va como un velero, serpenteando en el mar, deja una estela en el agua y se dirige al sol. El sol quema.

Amanecer

Hay una historia bellísima que me fue contada una vez. O tal vez la leí, no lo recuerdo. Por ello quiero volver a contarla, porque tengo un miedo horrible a perderla para siempre.

Ella era una mujer y estaba sola. Habitaba un castillo de soledad. Su marido y su hijo habían partido a la guerra. No recuerdo dónde. Tampoco cuál guerra.

Todas la noches soñaba que venía a buscarla un grupo de hombres en corceles blancos. Un sueño azul con corceles blancos.

No era un ejército. Bueno, no era el ejercito, tal vez fuera alguno. Ellos llegaban, sitiaban el castillo y se iban al amanecer. Justo antes de que el azul puro que los formaba se manchase de amarillo.

Ella deseaba que la llevaran. Cada noche se retorcía de dolor y del profundo deseo de partir con aquellos caballos. Se despertaba en la decepción de no encontrar presentes ninguno de sus hombres.

Hacia el final de la guerra las esperanzas de la mujer solitaria caían, sus fuerzas flaqueaban. Se enfermaba con frecuencia; estaba perdida, ausente, sus ojos vacíos. Inalcanzable.

Una noche soñó que el Coronel del ejército tenía una condecoración roja.

La siguiente comenzó a verlos con más nitidez. Sin prisa, ellos dejaban de ser fantasmas. Sitiaron el castillo. Ella aguardó absorta la salida del sol para despertar: pero no se fueron y ella no despertó.

Se tiñeron las armaduras de naranja con el sol del amanecer. Brillaban tanto que parecía que la luz salía de ellos y no que fueran un simple reflejo: y en cierto sentido así era, estaban emanando luz, creando vida.

El capitán habló. Dijo: “Ya podés venir”. Ella sonrió. Sólo tomó entre sus manos antes de irse el anillo que había sido de su madre.

Crónicas - Una pequeña introducción

Estos textos son crónicas, en el sentido amplio que le dio Clarice Lispector en Revelación de un mundo a las crónicas. Que, por cierto, es un libro que todas deberíamos leer.

Seda - Alexandro Baricco

Para todos los que buscan
los que creen en el viaje:
algunas citas de esta poesía que es novela.

"Era, por otra parte, uno de esos hombres a los que les gustaba asistir a su propia vida, considerando impropia cualquier ambición de vivirla.
Se habrá notado que ellos observan su propio destino del modo en que la mayoría suele observar un día de lluvia"

"Una vez había tenido entre los dedos un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener entre los dedos la nada"

"Instintivamente renunció a cualquier prudencia, refiriendo sin invenciones y sin omisiones todo lo que era verdad, simplemente."

"Esa muchachita continuaba mirándolo, con una violencia que arrancaba a cada una de sus palabras, la obligación de sonar memorables"

"Y, con cuidado, detuvo el Tiempo, por todo el tiempo que quiso."

"Había tenido, eso sí, la perspicacia de hacerlo pasar por un caprcho pesronal, regalandole al hombre que amaba el placer de perdonárselo"

"Como la desesperación era un exceso que no le pertencía, se inclinó sobre cuanto había quedado de su vida y volvió a preocuparse por todo con la indestructible tenacidad de un jardinero en el trabajo, la mañana después de la tormenta"

Más allá del profundo sentido de Seda, sólo saborerear letra a letra la belleza de sus palabras es un placer. Que quería compartir.

Mi primera entrada

Parece inevitable empezar con algo especial. Algo creado para ser mi primera entrada. Pero, la verdad es, que hice el blog para postear las cosas que ya escribí. Entonces, sólo ¡bienvenidos y espero que les guste!