Y lo más terrible es que estés tan seguro. Que fue una rueda, te digo, que no fue otra cosa, ni una víbora, ni un niño pequeño arrastrando sus pies. Una rueda, una rueda que rodaba por el camino con barro. Y dejó su marca profunda, y vos estás tan seguro. Pero no sabés, en realidad no sabés, y nunca vas a saber si fue una rueda o una nena que tenía un bastón y llevaba su bastón por el barro y dejó una marca. ¿Por qué estás tan seguro?
sábado, 31 de mayo de 2008
Una Rueda
Y lo más terrible es que estés tan seguro. Que fue una rueda, te digo, que no fue otra cosa, ni una víbora, ni un niño pequeño arrastrando sus pies. Una rueda, una rueda que rodaba por el camino con barro. Y dejó su marca profunda, y vos estás tan seguro. Pero no sabés, en realidad no sabés, y nunca vas a saber si fue una rueda o una nena que tenía un bastón y llevaba su bastón por el barro y dejó una marca. ¿Por qué estás tan seguro?
SOÑANDO NINGÚN SUEÑO
El aroma penetrante de la realidad. Eso, sí, es eso lo que me hace saber con certeza que no estoy dormida, soñando ningún sueño. De los ojos no me gusta fiarme: los encuentro traicioneros. En cambio, el aroma no, mi nariz no –me parece perfectamente confiable. Tal vez sea algo heredado, mi mamá se fia mucho de su sentido del olfato.
Recuerdo una tarde, yo me había puesto su perfume favorito. Estaba por salir de la casa y la encontré en la cocina, nos separaba la mesa del comedor diario, donde pueden sentarse cómodas seis personas. “¿Vas a salir?”. Le dije que sí mientras me corría el pelo del cuello. “Te pusiste mi perfume preferido”.
No lo negué. Sabía que no podía y sobre todo que no era necesario. Lo dijo así: como quien percibe algo certero, presente, potente: y se resigna a ello.
Sí, tal vez lo heredé de mi mamá.
Una Piedrita Blanca
Empiezo a sentir. Como una piedrita blanca dentro del cuerpo. A veces está en el pecho, otras en la panza. Pero también puede ser en la rodilla o en el espacio detrás de la oreja. Entonces me pregunto despacito, en voz baja y suave, ¿qué es la piedrita? Inmediatamente me doy cuenta que no sé. Que tengo que buscar. Buscar una respuesta. Junto con esta certeza aparece siempre el miedo. De no encontrar. Porque si fallo la piedrita quedará ahí, sin nombre, quieta. Y si fuera así, entonces duele. Duele con un dolor seco y constante, que parece que va a apagarse en cualquier momento pero permanece. Así el miedo de repente es angustia: porque la piedrita está y el dolor se siente.
Quedan dos opciones. Una es continuar la búsqueda. Eso significa que tal vez pueda comprender y el entendimiento, como ingrediente de alquimista, transformará la piedrita blanca en otra cosa. En un amor no correspondido; en el miedo a empezar algo nuevo. Sé que si cambia puede doler más. Pero ya es distinto, porque es un dolor encendido que crece y sobrepasa el cuerpo. Se va escapando lentamente por los poros.
La otra, es tratar de olvidar la piedrita. Dejarla, quieta. Pensando que, por ahí, si tomo mucha agua se vaya. Queriendo que me inunde una alegría suficientemente grande para desbordarme y empujarla hacia fuera.
El peligro es, que a veces, es la misma piedrita la que me impide tomar mucha agua o sentir una alegría bien grande.
SPOTLIGHT
No sé si voy a ver el resto. Eso depende de otras luces que manejan otras manos. Sólo se puede manejar esta luz, y elegir. Por eso no vale decir que no vi, que no me di cuenta, que estaba oscuro, que era difícil. Porque la única respuesta verdadera es: elegí mirar otra cosa. Por más que deseaba ver, era lo que más quería: elegí mirar otra cosa.
Es una responsabilidad grande. Claro que preferiría pensar que no pude, que todo negro, que tenía que ver lo que estaba pasando a la izquierda, era una urgencia, entendés, un prioridad, no es que no quise, yo… Estaba confundida. Imaginate, el contraste tan seco, tan fuerte, entre el blanco cegador de la luz y el temido negro del abismo. Todo se mueve, el instante en el que algo se ilumina es tan fugaz y sólo ese momento para ver. Un destello.
Se puede apuntar a un único lugar. Esa es mi elección. Peor. Esa es la elección de los otros. ¿Y si yo dirijo mi luz a alguien que tiene la suya en otro lado? Entones no recibo respuesta. El otro no puede verme. Qué horrible. Qué peligro. Una sola posibilidad una sola opción y lo más probable es que la luz del otro ilumine a alguno de los millones de puntos y destinos y jamás justo, jamás de casualidad, jamás porque quiso: a mí.
Espero. Que aunque sea una vez en la vida, por una milésima de segundo, tendría que poder pasar la maravillosa coincidencia. Las luces enfrentadas. Las dos personas claramente visibles, claramente vivas. Presentes. Con la energía de la luz conectándolas. Ese es el momento que espero. Con soledad, lo espero. Tal vez lo espere toda la vida.
Seda, una parte imaginaria
Ella vestía de rojo. La luz, que era manchas a través de los árboles, con esa misma irregularidad, de tanto en tanto, volvía traslúcido su vestido. Estaba sentada en una roca, la pierna hacia el lago y el pie jugando infantilmente con el agua. Si bien la postura podía haberle parecido un poco incómoda a quien intentara imitarla, la muchacha se veía calma, tan leve que habría podido elevarse sobre la piedra. Era casi imperceptible, como si hubiera un pequeño espacio entre ella, tan tierna, y la aspereza de la roca.
Hervé Joncour la miraba. Con una violencia que le arrancaba a ella la obligación de permanecer, en apariencia, indiferente. Hervé Joncour lo sabía, y comenzó a acercarse, contagiado por su suavidad, con pasos mudos como el polvo que se acumula en una casa inhabitada.
Después,
Hervé Joncour
tomó una piedra del suelo,
la levantó con cuidado
y la arrojó al lago.
Justo donde se posaban los ojos de ella. El agua se onduló en perfectos círculos concéntricos y la chiquilla, siguiendo una de sus líneas, caminó con la mirada hasta el sitio donde, en silencio, estaba parado Hervé Joncour. Le sonrió. Entonces Hervé Joncour avanzó. Ésta vez, las ramas crujieron bajo sus botas francesas, y se sentó a contemplarla. A distancia suficiente, de manera que si lo hubiera querido, su mente pudiera hacer una pintura de ella completa.
La mujer había vuelto a mirar el punto en el lago donde antes había caído la piedra; Hervé Joncour, podía ver, en cambio, el borde de su mentón, sus pestañas pero no sus ojos, la parte más rosada de su mejilla, el costado de su boca y la punta de su nariz.
Permanecieron así. La luz continuó bailando sobre la seda roja hasta que estuvo a punto de desaparecer. Se acentuaron los perfumes de la selva que rodeaba el lago. También se intensificó el perfume de ella, que entre el aroma dulzón de las flores y la fuerte reminiscencia a vainilla del oriente, se distinguía fresco y singular.
Finalmente, sólo quedó una luz tenue que permitía adivinar el contorno del lago, y el contorno de ella. Nada más. Con un único movimiento, se despojó del vestido.
II.
Dejó caer la seda roja a un costado, aunque ya no era roja. Era sólo una sombra que se internaba en la oscuridad del suelo.
Hervé Joncour tomó la seda del suelo. La envolvió. La alzó en brazos. Apoyó su cabeza cuidadosamente sobre el hombro, observó que ella cerraba sus ojos y casi dormía, y comenzó a caminar hacia la aldea.
LOVE STORIES
Tengo una familia extrañamente poética y me refiero a que jamás confesarían su propia poesía. Lo considerarían dramático en exceso. Incluso, creo, al escuchar, sus rostros se contraerían en una actitud un poco despectiva que oculta con facilidad la incomodidad que sienten frente al hecho. Excepto mi abuelo, que sonríe brillante cada vez que puede traer el tema a la mesa.
Digo que mi familia tiene poesía por las historias de amor, aunque también por la forma de desconocerlas y, a veces, casi de despreciarlas. Primero mis abuelos. Mi abuelo se reconoce un “ganador” en lo que a mujeres respecta –o a cualquier otra cosa, pero de esto estamos hablando. Entendió antes de su época la importancia de tener un cuerpo sano y había logrado formarse en cultura y arte. Claro que cualquiera en este momento puede adivinar que él eligió entonces una mujer inalcanzable, una hermosa extraña: para obsesionarse. Es que mi abuelo era un amante de los desafíos mucho antes de ser amante de ella. No sabría decir cuándo la vio por primera vez, pero desde aquel día fue religiosamente todas las tarde a verla bajar del colectivo. Todas.
Pasaron años sin que se decidiera a acercarse a ella. Pero con los no-encuentros de cada tarde y todo, mí abuelo continuaba su vida. En esa época ya trabajaba, estudiaba pintura y era público fiel de los conciertos en el Teatro Colón. Por su puesto que el cuadro no estaría completo sin una esposa: y mi abuelo se comprometió con otra. A pesar de esto, llegó el momento en que finalmente se animó: la invitó a tomar un café. Mi abuela aceptó. Claro que ella no sabía que él llevaba años imaginando ese momento, y ella, en cambio, recién había descubierto a aquel hombre. Sin tejer ninguna red –mi abuela teje maravillosamente bien– fue a encontrarse con él. En mi imaginación, este encuentro es parecido a tomar un ejército americano y enfrentarlo con algún pueblo indio que predicara la paz. Pero adoro que haya sido así. Mi abuela se enamoró. Mi abuelo rompió su compromiso anterior.
Mi papá fue el primogénito, dos años después del casamiento. Y veinte años más pasaron, antes de que él fuera a Brasil con sus amigos. Ya estudiaba ingeniería impulsado por mis abuelos. Él quería anotarse en física, pero fue salvado a tiempo de “morirse de hambre”. Iba entonces a Paseo Colón y a Las Herás regularmente, y lo único que sé con certeza sobre él en ese momento es que tenía auto –mi abuelo no hubiera permitido que su hijo tenga que ir a la facultad en colectivo– y que cuando se sentaba en el aula se le veía el calzoncillo. Eso fue lo que mi mamá registró en la facultad, antes de ir de vacaciones a Río con sus amigas.
El país extranjero les dió cierto permiso –esto me hace pensar, hay un chico en la facultad que me gusta, lo veo todos los jueves y no tengo ninguna razón para hablarle, sólo queda para mí acercarme y decirle: “Imaginá, por favor, que estamos en Brasil. Entonces yo estaría obligada a saludarte, porque nos conocemos de la facultad”– y allí sí se reconocieron y saludaron con una emoción que no fue necesario ocultar. Quedaron en un próximo encuentro: al día siguiente irían juntos a la playa de Ipanema. Papá fue. Pero mamá no. Estaban cruzando la avenida costanera, cerca de una curva. Mi mamá iba distraída siguiendo a sus amigas que caminaban por delante de ella. Entonces las vio salir corriendo y antes de que pudiera entender por qué fue atropellada por un auto que había aparecido repentinamente dando la vuelta por aquella curva. El conductor frenó en seguida y fue a buscarla: mamá había volado casi diez metros hacia delante por el impacto. La llevó de urgencia al hospital. Dicen que se salvó porque, en esa época, tenía la masa muscular de una buena deportista. Nunca llegó a la playa.
Recién varios días después, cuando sus compañeras de viaje fueron al departamento para tomar sus cosas y llevarlas a su nuevo alojamiento, la casa de mi familia en Río, se encontraron allí con mi papá y sus amigos y les contaron lo que había sucedido. Ahora digo que, por suerte, mi tío abuelo tenía allá un hermoso triplex con vista al mar y una pileta en la terraza, que es un lugar increíblemente atractivo para adolescentes en un viaje de bajo presupuesto. Papá la conquistó a mamá con monerías –hacía en ese momento saltos ornamentales y millones de acrobacias– y con mucha labia. Aunque me pregunto cómo lo conquistó ella, que necesitaba en ese momento curaciones diarias de las quemaduras que el cemento le había dejado en la piel. Creo que debía ser realmente bella.
Entiendan entonces mi dificultad ara aceptar como pareja a alguien que, simplemente, conocí en un bar. ¿Qué le contaría a mis hijos? Por suerte, yo decidí acercarme a la poesía y crearla cuando ella, solita, no acude.
LO QUE SE ESCONDE
Normalmente, esto es si no hubiera estado frente a una momia, hubiera tomado control de la situación. No necesito mucho para saber qué esperar: pero necesito algo. Me encontraba completamente fuera de mí y debo decir que, desde esa perspectiva, la escena que se observaba era tan ridícula que bordeaba lo bizarro. Estaba yo, inquieta, sobre mi cama. Primero sentada, después acostada: esperaba que de alguna forma, esto fuera leído como una actitud de acercamiento por la momia y que, entonces, ésta se moviera. Pero la momia no se movía.
Estaba ahí, la espalda erguida porque no podía ser de otra forma, levemente apoyada contra la pared –aunque creo que si la hubiera observado de cerca, habría podido ver que, en realidad, había una pequeña separación entre ella y la pared, y que sólo parecía asi, levemente relajada, pero se mantenía erguida, en clara tensión– las piernas toscas estiradas y la mirada un poco difícil de descifrar entre los vendajes. Hacían ya dos horas que estábamos hablando –en realidad yo hablaba, la momía solo asentía– por lo que hacían ya dos horas que la momia no se movía ni un centímetro.
A esta altura, queda claro que yo tenía un problema. Si hubiera sido un hombre en vez de una momia, hubiera sabido moverlo. Pero a la momia tenía miedo de exigirle: y si en realidad era que él no podía, pero, ¿quería?
No sé si lo notaron, pero es muy difícil ver que hay detrás de los vendajes. Están para proteger, aunque tal vez también. Sí, tal vez, también, para esconder. Por favor, no me preguntan qué es lo que esconde, si los supiera no tendría este problema, ¿no?
LLENO DE PUNTOS
Bueno, pero resulta que hoy me desperté con una sensación de paz. Sí, es verdad, casi siempre me despierto así. Creo que es el rincón del Jardín de Edén que habita dentro mío. Conservo la inocencia para aceptar levantarme, despertarme con paz: y luego arruinar lo que queda del día.
Y hoy fue un día que me exasperó de más. Pero eso no es interesante. Seguro que tu día también lo fue. Pero hubo algo especial. No por lo exasperante, claro que no. Más bien por la innegable satisfacción que siento ahora. Estoy satisfecha por que hoy viví un intento de robo. No fui yo la que lo intentó. Concretamente –siempre hay que decir las cosas así– concretamente, lo que sucedió es que yo estaba en el subte. Era tarde, aunque esto no influye demasiado, pero realmente lo era. Entré en el vagón, me paré frente a los asientos y me tomé de una manija. Como siempre pasé así algunos minutos; el subte y yo tenemos una larga relación, por lo que fueron unos minutos agradables. Hasta que. Sentí que alguien se paró justo detrás mío. Demasiado cerca. Demasiado para la situación mucho más parecida a un campo argentino con vacas que un recital de rock, en el subte de las diez de la noche. Por instinto –mentira, no hay instinto acá, esto es cultura, el robo es cultura– moví mi cartera hacia delante: tenía el cierre abierto.
Temor. No faltaba nada. Alivio. Recién entonces pude sonreír como quería: “me quisiste robar”. Inmediatamente corre por mi rostro hacia mi cuello la saliva ajena. ¿Cómo se atreve? –me pregunto– ¡cómo! Se desata en mí. Se precipita, se atropella hacia la superficie el rencor. Entonces le pegué una patada. ¿Fue suficiente para alejarla? No. Para calmar mi ira, para ello fue suficiente.
Llegué a casa feliz. Mi día había sido un buen día. Era de noche y sentía una paz que me hubiera permitido soñar los sueños más encantadores.
Desvanecer
Addicted
Lucho, cuando aparece.
Si viene
peleo
con todas mis fuerzas para
que se vaya.
Pero es difícil
se me anuda la garganta
y achica el pecho
de repente me siento
pequeña
frente a
Ella que es tan grande
lujuriosa
voluptuosa.
Yo tan pequeña
al lado de ella.
Entonces busco
fuerzas que no tengo
que no hay
que hubo otros días cuando
yo
era mujer.
Ya no soy.
Busco
tengo que encontrar
porque si no encuentro
entonces ¿qué?
si no encuentro
¿qué?
Pero no puedo, ya no puedo, que me lleve, no me importa
ya no me importa
¡ella es tan linda y tan fuerte!
Y yo una vez
fui, pero ya no
Ella me lleva
yo me dejo ir
primero un dedo, después la mano.
Me agarra
tan suave
ella me toma
tan suave
el hombro.
Me da un pequeño beso y casi
me muerde
juguetona.
Envuelve mi cintura,
fuerte
Yo la miro
está tan cerca
agarrándome
ella ella
nuestras narices
casi tocándose
ella ella
Miro
profundamente en sus ojos
veo.
Peligro.
Recuerdo.
Y lucho, logro zafarme
de sus brazos
ella crece más
transformándose
llena de rabia.
Quiero correr pero no puedo
mis pies clavados al suelo.
Como un demonio me mira
esa boca abierta
con dientes negros.
Escruta
tan intenso que estoy
en una cárcel.
De ella.
Y qué, ahora
qué,
ya no puedo,
no
no puedo.
Mis ojos rezan. Ella comprende y se va. Esta vez
FANTASÍAS
But life has it's ways… Y creo que tuve mi príncipe azul. Él era un hombre, no era perfecto, y por supuesto, no tenía caballos ni castillos. Creo que nada de esto importa. En cambio, lo que parece indispensable entender, es que la idea se había arraigado tanto en mí, que pronto estuve lista para recibirlo: entonces el llegó.
Ya no sueño con príncipes. Los años volvieron atractivos a hombres menos caballeros y mucho más reales. El problema es que, al no poder materializarlo vívidamente dentro mío, él parece no acudir.
EL SOL QUEMA
Inesperada nitidez, mi propio prejuicio de confusión. No, no había confusión, sólo una alteración de mi mundo. Digo mi porque nunca fue tan claramente propio.
El pasto ondulaba por la brisa.
Las nubes se escapaban hacia un claro punto de fuga.
Y la música. Qué placer, esa sonoridad desconocida. Mientras tarareaba despacio mi resonancia se convertía en una planta con colores y formas que crecía con ella. Afuera la música de la ciudad que jamás escuchamos. En verdadera armonía. Tal vez, porque la melodía interior ahora era armónica.
Una única urgencia: la de expresarme, la de tener un medio para transmitir la belleza de lo que veía. Mentira. Había una urgencia más: de contacto con el otro. La belleza tenía un erotismo tierno, pero intenso. La diferencia en la sensibilidad exigía otro: pero no hubo.
Una etapa: fascinación. Vi una mujer, esbelta, larga, toda vestida de negro. La cintura tan fina, los cabellos también negros, atados, cayendo largos sobre su espalda. La seguí en bicicleta. No podía ver otra cosa en el universo más que esa morocha que brillaba, deslumbraba. Entonces escuché Piazzola. Al otro lado del océano y llamándome. No pude hacer otra cosa que sentarme, cerrar los ojos. Y escuchar.
Suave. Se va como un velero, serpenteando en el mar, deja una estela en el agua y se dirige al sol. El sol quema.
Amanecer
Ella era una mujer y estaba sola. Habitaba un castillo de soledad. Su marido y su hijo habían partido a la guerra. No recuerdo dónde. Tampoco cuál guerra.
Todas la noches soñaba que venía a buscarla un grupo de hombres en corceles blancos. Un sueño azul con corceles blancos.
No era un ejército. Bueno, no era el ejercito, tal vez fuera alguno. Ellos llegaban, sitiaban el castillo y se iban al amanecer. Justo antes de que el azul puro que los formaba se manchase de amarillo.
Ella deseaba que la llevaran. Cada noche se retorcía de dolor y del profundo deseo de partir con aquellos caballos. Se despertaba en la decepción de no encontrar presentes ninguno de sus hombres.
Hacia el final de la guerra las esperanzas de la mujer solitaria caían, sus fuerzas flaqueaban. Se enfermaba con frecuencia; estaba perdida, ausente, sus ojos vacíos. Inalcanzable.
Una noche soñó que el Coronel del ejército tenía una condecoración roja.
La siguiente comenzó a verlos con más nitidez. Sin prisa, ellos dejaban de ser fantasmas. Sitiaron el castillo. Ella aguardó absorta la salida del sol para despertar: pero no se fueron y ella no despertó.
Se tiñeron las armaduras de naranja con el sol del amanecer. Brillaban tanto que parecía que la luz salía de ellos y no que fueran un simple reflejo: y en cierto sentido así era, estaban emanando luz, creando vida.
El capitán habló. Dijo: “Ya podés venir”. Ella sonrió. Sólo tomó entre sus manos antes de irse el anillo que había sido de su madre.
Crónicas - Una pequeña introducción
Seda - Alexandro Baricco
los que creen en el viaje:
algunas citas de esta poesía que es novela.
"Era, por otra parte, uno de esos hombres a los que les gustaba asistir a su propia vida, considerando impropia cualquier ambición de vivirla.
Se habrá notado que ellos observan su propio destino del modo en que la mayoría suele observar un día de lluvia"
"Una vez había tenido entre los dedos un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener entre los dedos la nada"
"Instintivamente renunció a cualquier prudencia, refiriendo sin invenciones y sin omisiones todo lo que era verdad, simplemente."
"Esa muchachita continuaba mirándolo, con una violencia que arrancaba a cada una de sus palabras, la obligación de sonar memorables"
"Y, con cuidado, detuvo el Tiempo, por todo el tiempo que quiso."
"Había tenido, eso sí, la perspicacia de hacerlo pasar por un caprcho pesronal, regalandole al hombre que amaba el placer de perdonárselo"
"Como la desesperación era un exceso que no le pertencía, se inclinó sobre cuanto había quedado de su vida y volvió a preocuparse por todo con la indestructible tenacidad de un jardinero en el trabajo, la mañana después de la tormenta"
Más allá del profundo sentido de Seda, sólo saborerear letra a letra la belleza de sus palabras es un placer. Que quería compartir.