Hay una historia bellísima que me fue contada una vez. O tal vez la leí, no lo recuerdo. Por ello quiero volver a contarla, porque tengo un miedo horrible a perderla para siempre.
Ella era una mujer y estaba sola. Habitaba un castillo de soledad. Su marido y su hijo habían partido a la guerra. No recuerdo dónde. Tampoco cuál guerra.
Todas la noches soñaba que venía a buscarla un grupo de hombres en corceles blancos. Un sueño azul con corceles blancos.
No era un ejército. Bueno, no era el ejercito, tal vez fuera alguno. Ellos llegaban, sitiaban el castillo y se iban al amanecer. Justo antes de que el azul puro que los formaba se manchase de amarillo.
Ella deseaba que la llevaran. Cada noche se retorcía de dolor y del profundo deseo de partir con aquellos caballos. Se despertaba en la decepción de no encontrar presentes ninguno de sus hombres.
Hacia el final de la guerra las esperanzas de la mujer solitaria caían, sus fuerzas flaqueaban. Se enfermaba con frecuencia; estaba perdida, ausente, sus ojos vacíos. Inalcanzable.
Una noche soñó que el Coronel del ejército tenía una condecoración roja.
La siguiente comenzó a verlos con más nitidez. Sin prisa, ellos dejaban de ser fantasmas. Sitiaron el castillo. Ella aguardó absorta la salida del sol para despertar: pero no se fueron y ella no despertó.
Se tiñeron las armaduras de naranja con el sol del amanecer. Brillaban tanto que parecía que la luz salía de ellos y no que fueran un simple reflejo: y en cierto sentido así era, estaban emanando luz, creando vida.
El capitán habló. Dijo: “Ya podés venir”. Ella sonrió. Sólo tomó entre sus manos antes de irse el anillo que había sido de su madre.
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