Es suave. Llega como brisa que anuncia un viento más fuerte. Creo que lo primero que sentí fue una profunda admiración. Por el ligero cambio de perspectiva –el cielo se había abovedado y me sentía segurísima de estar dentro de alguna de esas esferas de vidrio que se agitan para ver la “nieve”–, por la súbita nitidez de todo.
Inesperada nitidez, mi propio prejuicio de confusión. No, no había confusión, sólo una alteración de mi mundo. Digo mi porque nunca fue tan claramente propio.
El pasto ondulaba por la brisa.
Las nubes se escapaban hacia un claro punto de fuga.
Y la música. Qué placer, esa sonoridad desconocida. Mientras tarareaba despacio mi resonancia se convertía en una planta con colores y formas que crecía con ella. Afuera la música de la ciudad que jamás escuchamos. En verdadera armonía. Tal vez, porque la melodía interior ahora era armónica.
Una única urgencia: la de expresarme, la de tener un medio para transmitir la belleza de lo que veía. Mentira. Había una urgencia más: de contacto con el otro. La belleza tenía un erotismo tierno, pero intenso. La diferencia en la sensibilidad exigía otro: pero no hubo.
Una etapa: fascinación. Vi una mujer, esbelta, larga, toda vestida de negro. La cintura tan fina, los cabellos también negros, atados, cayendo largos sobre su espalda. La seguí en bicicleta. No podía ver otra cosa en el universo más que esa morocha que brillaba, deslumbraba. Entonces escuché Piazzola. Al otro lado del océano y llamándome. No pude hacer otra cosa que sentarme, cerrar los ojos. Y escuchar.
Suave. Se va como un velero, serpenteando en el mar, deja una estela en el agua y se dirige al sol. El sol quema.
Inesperada nitidez, mi propio prejuicio de confusión. No, no había confusión, sólo una alteración de mi mundo. Digo mi porque nunca fue tan claramente propio.
El pasto ondulaba por la brisa.
Las nubes se escapaban hacia un claro punto de fuga.
Y la música. Qué placer, esa sonoridad desconocida. Mientras tarareaba despacio mi resonancia se convertía en una planta con colores y formas que crecía con ella. Afuera la música de la ciudad que jamás escuchamos. En verdadera armonía. Tal vez, porque la melodía interior ahora era armónica.
Una única urgencia: la de expresarme, la de tener un medio para transmitir la belleza de lo que veía. Mentira. Había una urgencia más: de contacto con el otro. La belleza tenía un erotismo tierno, pero intenso. La diferencia en la sensibilidad exigía otro: pero no hubo.
Una etapa: fascinación. Vi una mujer, esbelta, larga, toda vestida de negro. La cintura tan fina, los cabellos también negros, atados, cayendo largos sobre su espalda. La seguí en bicicleta. No podía ver otra cosa en el universo más que esa morocha que brillaba, deslumbraba. Entonces escuché Piazzola. Al otro lado del océano y llamándome. No pude hacer otra cosa que sentarme, cerrar los ojos. Y escuchar.
Suave. Se va como un velero, serpenteando en el mar, deja una estela en el agua y se dirige al sol. El sol quema.
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