Tengo una familia extrañamente poética y me refiero a que jamás confesarían su propia poesía. Lo considerarían dramático en exceso. Incluso, creo, al escuchar, sus rostros se contraerían en una actitud un poco despectiva que oculta con facilidad la incomodidad que sienten frente al hecho. Excepto mi abuelo, que sonríe brillante cada vez que puede traer el tema a la mesa.
Digo que mi familia tiene poesía por las historias de amor, aunque también por la forma de desconocerlas y, a veces, casi de despreciarlas. Primero mis abuelos. Mi abuelo se reconoce un “ganador” en lo que a mujeres respecta –o a cualquier otra cosa, pero de esto estamos hablando. Entendió antes de su época la importancia de tener un cuerpo sano y había logrado formarse en cultura y arte. Claro que cualquiera en este momento puede adivinar que él eligió entonces una mujer inalcanzable, una hermosa extraña: para obsesionarse. Es que mi abuelo era un amante de los desafíos mucho antes de ser amante de ella. No sabría decir cuándo la vio por primera vez, pero desde aquel día fue religiosamente todas las tarde a verla bajar del colectivo. Todas.
Pasaron años sin que se decidiera a acercarse a ella. Pero con los no-encuentros de cada tarde y todo, mí abuelo continuaba su vida. En esa época ya trabajaba, estudiaba pintura y era público fiel de los conciertos en el Teatro Colón. Por su puesto que el cuadro no estaría completo sin una esposa: y mi abuelo se comprometió con otra. A pesar de esto, llegó el momento en que finalmente se animó: la invitó a tomar un café. Mi abuela aceptó. Claro que ella no sabía que él llevaba años imaginando ese momento, y ella, en cambio, recién había descubierto a aquel hombre. Sin tejer ninguna red –mi abuela teje maravillosamente bien– fue a encontrarse con él. En mi imaginación, este encuentro es parecido a tomar un ejército americano y enfrentarlo con algún pueblo indio que predicara la paz. Pero adoro que haya sido así. Mi abuela se enamoró. Mi abuelo rompió su compromiso anterior.
Mi papá fue el primogénito, dos años después del casamiento. Y veinte años más pasaron, antes de que él fuera a Brasil con sus amigos. Ya estudiaba ingeniería impulsado por mis abuelos. Él quería anotarse en física, pero fue salvado a tiempo de “morirse de hambre”. Iba entonces a Paseo Colón y a Las Herás regularmente, y lo único que sé con certeza sobre él en ese momento es que tenía auto –mi abuelo no hubiera permitido que su hijo tenga que ir a la facultad en colectivo– y que cuando se sentaba en el aula se le veía el calzoncillo. Eso fue lo que mi mamá registró en la facultad, antes de ir de vacaciones a Río con sus amigas.
El país extranjero les dió cierto permiso –esto me hace pensar, hay un chico en la facultad que me gusta, lo veo todos los jueves y no tengo ninguna razón para hablarle, sólo queda para mí acercarme y decirle: “Imaginá, por favor, que estamos en Brasil. Entonces yo estaría obligada a saludarte, porque nos conocemos de la facultad”– y allí sí se reconocieron y saludaron con una emoción que no fue necesario ocultar. Quedaron en un próximo encuentro: al día siguiente irían juntos a la playa de Ipanema. Papá fue. Pero mamá no. Estaban cruzando la avenida costanera, cerca de una curva. Mi mamá iba distraída siguiendo a sus amigas que caminaban por delante de ella. Entonces las vio salir corriendo y antes de que pudiera entender por qué fue atropellada por un auto que había aparecido repentinamente dando la vuelta por aquella curva. El conductor frenó en seguida y fue a buscarla: mamá había volado casi diez metros hacia delante por el impacto. La llevó de urgencia al hospital. Dicen que se salvó porque, en esa época, tenía la masa muscular de una buena deportista. Nunca llegó a la playa.
Recién varios días después, cuando sus compañeras de viaje fueron al departamento para tomar sus cosas y llevarlas a su nuevo alojamiento, la casa de mi familia en Río, se encontraron allí con mi papá y sus amigos y les contaron lo que había sucedido. Ahora digo que, por suerte, mi tío abuelo tenía allá un hermoso triplex con vista al mar y una pileta en la terraza, que es un lugar increíblemente atractivo para adolescentes en un viaje de bajo presupuesto. Papá la conquistó a mamá con monerías –hacía en ese momento saltos ornamentales y millones de acrobacias– y con mucha labia. Aunque me pregunto cómo lo conquistó ella, que necesitaba en ese momento curaciones diarias de las quemaduras que el cemento le había dejado en la piel. Creo que debía ser realmente bella.
Entiendan entonces mi dificultad ara aceptar como pareja a alguien que, simplemente, conocí en un bar. ¿Qué le contaría a mis hijos? Por suerte, yo decidí acercarme a la poesía y crearla cuando ella, solita, no acude.
1 comentario:
estoy emocionada y conmocionada , leer mi historia escrita por mi hija. te amo . ma
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