Lo que sigue es un encuentro imaginario entre los personajes de Seda, de Alexandro Baricco. Espero que les guste.
I.
Ella vestía de rojo. La luz, que era manchas a través de los árboles, con esa misma irregularidad, de tanto en tanto, volvía traslúcido su vestido. Estaba sentada en una roca, la pierna hacia el lago y el pie jugando infantilmente con el agua. Si bien la postura podía haberle parecido un poco incómoda a quien intentara imitarla, la muchacha se veía calma, tan leve que habría podido elevarse sobre la piedra. Era casi imperceptible, como si hubiera un pequeño espacio entre ella, tan tierna, y la aspereza de la roca.
Hervé Joncour la miraba. Con una violencia que le arrancaba a ella la obligación de permanecer, en apariencia, indiferente. Hervé Joncour lo sabía, y comenzó a acercarse, contagiado por su suavidad, con pasos mudos como el polvo que se acumula en una casa inhabitada.
Después,
Hervé Joncour
tomó una piedra del suelo,
la levantó con cuidado
y la arrojó al lago.
Justo donde se posaban los ojos de ella. El agua se onduló en perfectos círculos concéntricos y la chiquilla, siguiendo una de sus líneas, caminó con la mirada hasta el sitio donde, en silencio, estaba parado Hervé Joncour. Le sonrió. Entonces Hervé Joncour avanzó. Ésta vez, las ramas crujieron bajo sus botas francesas, y se sentó a contemplarla. A distancia suficiente, de manera que si lo hubiera querido, su mente pudiera hacer una pintura de ella completa.
La mujer había vuelto a mirar el punto en el lago donde antes había caído la piedra; Hervé Joncour, podía ver, en cambio, el borde de su mentón, sus pestañas pero no sus ojos, la parte más rosada de su mejilla, el costado de su boca y la punta de su nariz.
Permanecieron así. La luz continuó bailando sobre la seda roja hasta que estuvo a punto de desaparecer. Se acentuaron los perfumes de la selva que rodeaba el lago. También se intensificó el perfume de ella, que entre el aroma dulzón de las flores y la fuerte reminiscencia a vainilla del oriente, se distinguía fresco y singular.
Finalmente, sólo quedó una luz tenue que permitía adivinar el contorno del lago, y el contorno de ella. Nada más. Con un único movimiento, se despojó del vestido.
Ella vestía de rojo. La luz, que era manchas a través de los árboles, con esa misma irregularidad, de tanto en tanto, volvía traslúcido su vestido. Estaba sentada en una roca, la pierna hacia el lago y el pie jugando infantilmente con el agua. Si bien la postura podía haberle parecido un poco incómoda a quien intentara imitarla, la muchacha se veía calma, tan leve que habría podido elevarse sobre la piedra. Era casi imperceptible, como si hubiera un pequeño espacio entre ella, tan tierna, y la aspereza de la roca.
Hervé Joncour la miraba. Con una violencia que le arrancaba a ella la obligación de permanecer, en apariencia, indiferente. Hervé Joncour lo sabía, y comenzó a acercarse, contagiado por su suavidad, con pasos mudos como el polvo que se acumula en una casa inhabitada.
Después,
Hervé Joncour
tomó una piedra del suelo,
la levantó con cuidado
y la arrojó al lago.
Justo donde se posaban los ojos de ella. El agua se onduló en perfectos círculos concéntricos y la chiquilla, siguiendo una de sus líneas, caminó con la mirada hasta el sitio donde, en silencio, estaba parado Hervé Joncour. Le sonrió. Entonces Hervé Joncour avanzó. Ésta vez, las ramas crujieron bajo sus botas francesas, y se sentó a contemplarla. A distancia suficiente, de manera que si lo hubiera querido, su mente pudiera hacer una pintura de ella completa.
La mujer había vuelto a mirar el punto en el lago donde antes había caído la piedra; Hervé Joncour, podía ver, en cambio, el borde de su mentón, sus pestañas pero no sus ojos, la parte más rosada de su mejilla, el costado de su boca y la punta de su nariz.
Permanecieron así. La luz continuó bailando sobre la seda roja hasta que estuvo a punto de desaparecer. Se acentuaron los perfumes de la selva que rodeaba el lago. También se intensificó el perfume de ella, que entre el aroma dulzón de las flores y la fuerte reminiscencia a vainilla del oriente, se distinguía fresco y singular.
Finalmente, sólo quedó una luz tenue que permitía adivinar el contorno del lago, y el contorno de ella. Nada más. Con un único movimiento, se despojó del vestido.
II.
Dejó caer la seda roja a un costado, aunque ya no era roja. Era sólo una sombra que se internaba en la oscuridad del suelo.
Hervé Joncour tomó la seda del suelo. La envolvió. La alzó en brazos. Apoyó su cabeza cuidadosamente sobre el hombro, observó que ella cerraba sus ojos y casi dormía, y comenzó a caminar hacia la aldea.
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