El aroma penetrante de la realidad. Eso, sí, es eso lo que me hace saber con certeza que no estoy dormida, soñando ningún sueño. De los ojos no me gusta fiarme: los encuentro traicioneros. En cambio, el aroma no, mi nariz no –me parece perfectamente confiable. Tal vez sea algo heredado, mi mamá se fia mucho de su sentido del olfato.
Recuerdo una tarde, yo me había puesto su perfume favorito. Estaba por salir de la casa y la encontré en la cocina, nos separaba la mesa del comedor diario, donde pueden sentarse cómodas seis personas. “¿Vas a salir?”. Le dije que sí mientras me corría el pelo del cuello. “Te pusiste mi perfume preferido”.
No lo negué. Sabía que no podía y sobre todo que no era necesario. Lo dijo así: como quien percibe algo certero, presente, potente: y se resigna a ello.
Sí, tal vez lo heredé de mi mamá.
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