“Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música…”
J.R.R Tolkien
Ainur
I.
Es un engaño, la percepción. El silencio no es más que una simple evidencia de la limitación humana. En el universo no hay silencio.
Si fuera delfín, en el agua escucharía el movimiento de los seres alrededor mío. Acá el aire no trasmite. No percibo, no escucho, casi nada. Imaginame en el agua girando, avanzando, como una ola que quiere y no quiere llegar a la orilla porque es su destino y su fin al mismo tiempo. Imaginame como un torbellino, enredada en el agua que nunca enrieda, escurridiza. El agua se siente en el cuerpo, suave, te toca. El aire no. Sin embargo. Si corro puedo sentir el aire golpear contra mi cuerpo, yo avanzando desesperada y cada partícula, cada molécula golpeando contra mí, quiere detenerme, friccionarme, yo corro igual contra él, una gran pelea: pero lo siento. Por lo menos, lo siento.
No percibo, no escucho, casi nada. No cuando estoy en un banco, en una plaza, mirando el cielo. Al lado hay otro y está pensando cómo necesito que me extiendas una mano y sentir el apoyo, mutuo de los dedos, entrelazados. Piensa, pero yo no escucho. Extender una mano, extendeme una mano, a mí me gustaría que hoy, vos pudieras ver que yo necesito que me extiendas una mano; sólo tu mano abierta, invitándome, alcanzaría.
Igual que no puedo, escuchar, cuando el viento no mueve las hojas y cuando él todavía no llegó a casa. A veces intento, escuchar, que él no llegó. ¿Cómo suena? Es sórdido. A veces. Es libre. A veces. Pero no es eso, no el silencio, sino yo que me escucho, pero no a él que todavía no llegó.
Hay una música. El sonido del tiempo que corre tiene ritmo. Late. Pero no sé cómo suena.
Si supiera.
No hay silencio. Sólo una música que fluye. Como agua.
II.
No hay silencio. Sólo percepciones diferentes. La música del universo cuenta una historia que sólo puede ser oída una vez. Abigal es eterna. La escucha un ser eterno. Juegan a que él la escucha a cuando en realidad. En realidad, ella le pertenece. La música, la historia. Y sin embargo, juegan, ¿por qué no habrían de hacerlo? La música está y él también, y qué otra cosa…
Juegan a contar una historia que no necesita ser contada, porque él ya la conoce y ella es, en esencia, esa misma historia. Una voz que no dice palabras; sólo fluye, bella. Se parece mucho a aquellos sonidos que escuchamos dentro nuestro y nunca fuera. A la fantasía de una voz.
Ella y él son en realidad la misma cosa.
III.
Se parece mucho a la fantasía de una voz. Si tuviese que describirla mejor, diría, sin duda, que es blanca. No podría ser de otro color. Porque contiene todo y cuando la luz de él la atraviesa se ven en ella todos los colores del universo.
Un día, de hecho, hace ya mucho tiempo, la luz de él la atravesó y los colores salieron de Abigal salpicando. Como manchas se distribuyeron en el espacio pegándose en las cosas que ya había. En ese momento se salpicó el agua de azul profundo. Podría haber sido púrpura aterciopelado, pero esto, simplemente, no ocurrió. El cielo, por ser casi inmaterial, tomó pequeños pedazos de varias manchas y por ello cambia siempre sus colores.
Pero los colores estaban cargados de energía de él y eran inquietos. Rápidamente empezaron a pegotearse unos con otros, armando nuevos. Y a medida que se chocaban y se recreaban iban excitándose y contagiándose. Imaginalos bailando, una danza primitiva. Ellos se tocan, se acercan, cada vez más, unos a otros. Bailan, irradian energía. Tienen cuerpo, tienen forma. En ese instante se vuelven desesperación se arrancan partes, unos a otros, mordiendo, jugando peligrosamente, gritando, tomándose con fuerza. Para ser.
Entonces hubo.
Por primera vez. Vida.
IV.
Es fácil equivocarse y creer que yo también puedo ver el azul profundo. O los colores del atardecer. Jamás voy a verlos como se salpicaron aquel día cuando sólo eran colores y no óleos carmín o margaritas amarillas o barro marrón.
Ser color está atado a un objeto. Hay cosas que no se pueden ver. El azul no se ve. Simplemente no se puedo, no es factible, realizable. Pero. ¿Si están? ¿Si fueron? ¿Si existen?
Conservarían su esencia. La danza que los volvió vida. Jugarían por el mundo correteando. Saltarines. Una vez al año se reunirían para recordar el día en que bailaron, todos juntos, perdidos en el algún lejano glaciar. Tal vez con la primera luz del solsticio de verano. Un alba diferente, especial, que ilumina colores diferentes. Es casi un día continuado, sólo ellos saben el momento exacto. Lo perciben. Lo huelen en el aire helado. Entonces sienten la energía llegar. Empiezan vibrando, mientras la luz cambia y el ambiente se tensa. Cada instante que pasa, el aire se hace mas denso, más corpóreo. Son ellos que se transmiten unos a otros, se comunican. De repente la tensión se hace insoportable; y entonces explotan y comienzan a danzar. Corren. Saltan unos sobre otros. Apenas se rozan. Ya no pueden tocarse. Ya no pueden mezclarse. Tienen que conservar la vida que son.
Y eso, es lo más difícil que se puede imaginar.
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