¿Qué es un encuentro después de todo? Vos y yo, uno a cada lado de la mesa, riendo más que hablando, estirando los dedos de a poquito hasta que por casualidad (¿casualidad?) llegan al otro lado de la mesa donde están cerca tuyo y siguen alargándose, crecen como plantas que buscan luz porque quieren tocarte, temerosamente.
Entonces estás vos, y estoy yo y nuestros dedos a punto de tocarse –y tal vez si lo hicieran todo se caería y nos perderíamos en un mundo que, por suerte, no es– pero eso no ha sucedido y tu uña está a milímetros de mi nudillo y siento el peligro condensado en el aire y la energía vibrando en ese espacio. Pero no se tocan, aún, no se tocan.
Es que me preguntaste quién era y yo quiero decirte mientras lo que de verdad está ocurriendo es tu dedo frente a esa mano. Salen las palabras de nuestras bocas como cataratas –más risas que palabras, por lo menos– y yo respondiendo sin hablarte quién soy. (Y si me preguntaras por mis miedos nunca te diría que temo estar sola, no, no estar, sino ser, como las Soledades de García Márquez). Entonces tu yema comienza a deslizarse por las líneas de mi palma, ah, y rápidamente se enredan las manos, como si una vez atravesado ese umbral fuéramos libres de no destruir el universo con el contacto de nuestros dedos.
He intentado mostrarte quién soy, pero me he dado cuenta en seguida que los dedos entrelazados no alcanzaban, y no ha comenzado a llover cuando nuestras manos se tocaron, y como nuestros dedos no hicieron que seamos, busco tus ojos y sueño.
Sueño que ya éramos lo que somos.
Sueño que siempre seremos lo que somos.
Y tal vez así, eternizando el instante que era fugaz. Tal vez así, deteniendo el tiempo, –no congelado porque no me gusta, en un movimiento que es detenido– tal vez así puedas verme y yo a vos, por que de otra forma, si el tiempo se obstinara... No llego a verme a mi misma mientras todo se escapa y vos y yo escapamos.