A Lucía le gustaba girar. Entraba en un cuarto y daba vueltas avanzando, cuidando especialmente los bordes de la cama, que era de lo que más dolía. Después aprovechaba el momento de leve confusión para apreciar esa imagen borrosa que quedaba del mundo, más verdadera que los costados nítidos de los muebles y los ángulos perfectos de las paredes con el suelo. A veces se caía. No pasaba muy a menudo lo que era una gracia y una desgracia al mismo tiempo. Cuando era más pequeña, la había salvado de los “un día te vas a matar” de mamá Cecilia, pero también le había privado los espléndidos segundos de su mundo al revés. Las bocas y los ojos invertidos, que aparecían por detrás de su cabeza, primero la mata de pelos, frente, nariz, boca murmurando: “¿estás bien?”. Y en seguida la mano abierta, la ayuda disponible, no sospechaba, no podía sospechar, que esa ayuda era una imposición; ella deseaba permanecer allí, contando las manchas de humedad del techo y las rendijas de la persiana, que proyectaban luz a rayas sobre la pared. No le alcanzaba con decir que no, porque entonces comenzaban más preguntas y los “¿seguro que estás bien?” que interrumpían la cuenta, y entonces se perdía y hubiera tenido que volver a comenzar. Pero nunca sentía ganas y se agarraba resignada, tomando siempre la muñeca y no la mano, para no resbalar. Tomás apareció un día allí. Los pelos rubios enredados, seguidos por sus ojos claros, la nariz de botón que sólo los chicos pequeños tienen el privilegio de tener. Ella se asustó al principio, porque había visto el cuarto alfombrado y vacío, esperándola, había girado con fuerza, queriendo tropezar, enredarse con sus pies y caer. Lo había hecho y estaba riéndose con ganas hasta que vio los rulos asomarse. Entonces se calló de repente, porque conocer gente al revés le resultaba tan extraño. Pero él no cometió el error de tenderle la mano para que pudiera levantarse, se dejó caer a su lado, con sus cabezas como centros de yin-yan y comenzó a reírse despacio, hasta que Lucía se plegó a su risa y permanecieron así varias horas, riendo, jugando a contar manchas, o a decir nombres extranjeros y hablando sobre las piletas hondas y el hermoso vértigo de hamacarse fuerte hasta que da mucho, mucho miedo. Comprendieron lentamente que un nuevo encuentro no dependía de ellos, que los dos habían sido vestidos y peinados con prolijidad, y los habían traído a aquella casa extraña a la que no sabían ir. (En cambio, Lucía sí sabía ir a la panadería y a la escuela sola). Entristecieron. Dejaron de reír, él le tomó la mano, y comenzaron a caminar juntos, por las habitaciones, el jardín, el comedor donde el ambiente se llenaba del bullicio de la conversación de los adultos y la cocina, de la que los echaron con una suave mano en la espalda, luego todo de nuevo, otra vez.En uno de sus recorridos, Cecilia vio el rostro de ella con los ojos lánguidos y dijo:
-Vamos, Lucía tiene sueño. Mirá la cara, pobrecita… Vamos.
Crónicas, son las pequeñas cosas de la vida. Poesía o algo así... son imágenes que creé. La lúdica, porque a quién no le gusta jugar de vez en cuando. Pequeñas narrativas son historias... o fragmento de historias, porque se trata de construir. Y, por último, Mis citas preferidas, un viaje por mis lecturas que, espero, quieran compartir.
jueves, 11 de septiembre de 2008
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