Una habitación roja, de raso de seda de damasco con una eterna y oblicua columna de sol, en donde de manera incesante y casi imperceptible giraba el polvo. La imaginás sentada sobre la alfombra, como si se hubiera extinguido en el suelo, sordamente. Las piernas desparramadas y ambas rodillas flexionadas, el torso cayendo por delante. Hay algo extraño, o tal vez mejor dirías indefinido en ella. Cierta contradicción, cierta atemporalidad. Coronan torpemente su vestido fiesta también rojo, también de seda natural, sus cabellos negros desparramados. Adivinás que esa misma tela jugaría infinitamente con el sol y el viento, si no estuviese ahora confinada a esa habitación, que se vuelve más lúgubre cuando ves las sandalias de taco alto tiradas en el suelo. Su actitud abandonada no resultaba creíble en aquella posición premeditadamente despreocupada.
Ella no se ha movido, nada lo ha hecho, aunque más difícil resulta comprender que ha transcurrido tiempo y que ha existido la posibilidad de movimiento. Pero el polvo continúa bailando en el haz de luz como granos de arena que caen dentro de un reloj. Como ver aquellos granos por una lente y dejar de comprender si están cayéndose o elevándose en el aire, inexorables.
Aunque no podés ver sus ojos, te duele la certeza de saberlos abiertos. Siempre te parecieron una interrogación y un pedido, esos ojos negros, como si dijeran todo el tiempo por qué y, a veces, ayudame, incluso cuando ella sonreía despreocupada. Ese levísimo reproche, jamás enunciado, te había llevado tantas veces a preguntarte vos mismo cómo y a repetir incansable a mí también me duele. Más que nada, te dolía enfrentarte con tu propia falta de acción, que su pregunta no tuviera respuesta dentro tuyo tampoco.
Querías gritarle: —vos sos, sos vida líquida, vida que se escurre y un día te vas a ir y me vas a dejar a mí sin aire, sin nada. Pero callabas. Porque sabías, que si ella se fuera, todo continuaría y eso te dolía más que su ausencia. Lo sabías, y por eso callabas, aunque tal vez si hubieras podido gritarle, gritárselo fuerte, entonces el mensaje se habría grabado para siempre en los dos.
Nunca le dijiste tampoco, que adorabas su manera de irse. Ella nunca se despedía, jamás se retiraba abruptamente. Adorabas su manera de irse, porque ella no lo hacía, simplemente. Cuando notaba que su presencia era inadvertida, se marchaba, dejándo siempre como última imagen una sonrisa burlona que se grababa en tu retina, cada vez. Así ella se sabía siempre presente.
En eso pensabas, sentado en aquel café, de dónde podés ver su ventana. Estás tomando amargamente un trago más de tu whisky, medida doble sin hielo, como siempre. Cuando te enteraste que ella estaría allí, por tanto tiempo, comenzaste a recorrer las manzanas de alrededor desesperado, buscando un lugar donde pasar el invierno. No podías alejarte tanto de ella. Te decidiste por aquel café. Sabías que tendría que ser un único lugar, que no se trataba de recorrer la zona, de andar por el barrio, como si estuvieras paseando. Un bar, donde pudieran conocerte y comenzaran lentamente a anticiparse a vos y a tus vicios, para que cuando ellos te tomaran, cuando las fuerzas te hubieran abandonado, supieran traerte la próxima medida sin que nada tuvieras que hacer. Una vez elegido el lugar, estarías tan atado a él como ella al suyo.
Por eso te tomaste tu tiempo, recorriste todos, sin entrar a ninguno, eligiendo sin elegir con certeza. Fue después de sentarte por primera vez, finalmente, que te enteraste que verías su habitación, que estaría detrás de aquel muro.
Ahora lo observabas con el desinterés de quien ha visto algo tantas veces, que conoce cada rincón de memoria. Cuando eras chico, leíste en una novela de aventura, que el héroe memorizaba un camino de montaña para escalarlo en la noche, inadvertido. Eso mismo hubieras podido hacer, recorriendo las grietas que se habían formado en aquella pared gris, siguiendo el camino hasta llegar a su ventana.
La imaginás a ella roja en contraste con el blanco que la rodea. Sabés que debe ser así, siempre es así, porque es el color de la pureza. Para ellos que se pretenden tan buenos, tan puros. Y vos sólo podés ver el rojo fulgor que ella irradia y no al revés, como entendiste que ellos esperan la última vez que te atreviste a entrar. Te aseguraron que todo estaría bien. Te dijeron que podrías verla cuando quisieras, o bueno, cada vez que fuera posible. Pero cómo, ella se volvía invisible allí dentro. Eran sus ojos ausentes, su adormecimiento constante lo que hacía que fuera imposible negar su no-ser. Qué posibilidad de encuentro habría. Por eso decidiste no volver, imaginarla. En vos, ella siempre tendría vida brotando a borbotones, corriéndole por toda la piel, erizándote los pelos. Por eso observabas su ventana, como si mejor que estar con ella fuera sentir su energía desde esa distancia, emanando desde el hospital y llegando hasta vos.
Otro whisky. La ves levantar su cabeza suavemente, como quien recién ha despertado y trata de enfocar los ojos. Luego levanta apenas los hombros y todo su cuerpo se vuelvo una interrogación. Se arregla el pelo, se siente siempre observada, y tal vez su intuición sea correcta. Después de un tiempo, no sabés cuánto, un poco de tiempo, en el que ella permanece sentada inmóvil, atravesando el umbral que la trae de nuevo a la tierra —ellos no entienden, con sus batas blancas, sus altanería y sus métodos para etiquetar— se levanta y camina hacia la ventana con tal gracia que todavía sentís que no se ha movido. Te preguntás de pronto, un poco asustado, si le será posible verte desde allí. Recordás en un único instante tu aspecto dejado, tu barba de varios días, los ojos hinchados del alcohol y la falta de sueño. Sentís vergüenza de pronto y te invade una urgencia de vomitar, pero no desde el estómago, si no todas tus tripas. Quedarte vacío por dentro. Tratás de calmarte, te repetís a vos mismo incontables veces algo que te dijeron cuando eras chico, si vos ves tan bien hacia fuera del vidrio, hacia donde hay luz, entonces no pueden verte en un lugar oscuro. Lo decís una y otra vez, aca hay menos luz, no pueden verme, está oscuro, nadie puede verme, afuera hay sol, es imposible, no puede verme. Sin embargo, bajás la mirada. Nunca pudiste hacerle frente a la fuerza penetrante de la mirada de ella, cuando te aparece así, tan segura de sí misma, tan certera, tan real. Sabés lo que está pensando. Te mira con reproche, no, con bronca en realidad, y ese mismo interrogante y sus expectativas. No tenés fuerza para hacerle frente a ella, no podés, sabés que es imposible. Otro whisky. De pronto se distiende todo en vos, te relajás y te dejás llevar por el sopor. Sí, sí, le dimos otra inyección. Es que presentaba cierta alteración, estuvo todo el día mirando por la ventana. Quién sabe que película estaría viendo, pasó de la risa al llanto más de una vez. No se preocupe, hoy va a dormir bien y mañana tal vez pueda venir y pasan un rato juntos.