Crónicas, son las pequeñas cosas de la vida. Poesía o algo así... son imágenes que creé. La lúdica, porque a quién no le gusta jugar de vez en cuando. Pequeñas narrativas son historias... o fragmento de historias, porque se trata de construir. Y, por último, Mis citas preferidas, un viaje por mis lecturas que, espero, quieran compartir.

jueves, 11 de agosto de 2011

Una habitación roja, de raso de seda de damasco con una eterna y oblicua columna de sol, en donde de manera incesante y casi imperceptible giraba el polvo. La imaginás sentada sobre la alfombra, como si se hubiera extinguido en el suelo, sordamente. Las piernas desparramadas y ambas rodillas flexionadas, el torso cayendo por delante. Hay algo extraño, o tal vez mejor dirías indefinido en ella. Cierta contradicción, cierta atemporalidad. Coronan torpemente su vestido fiesta también rojo, también de seda natural, sus cabellos negros desparramados. Adivinás que esa misma tela jugaría infinitamente con el sol y el viento, si no estuviese ahora confinada a esa habitación, que se vuelve más lúgubre cuando ves las sandalias de taco alto tiradas en el suelo. Su actitud abandonada no resultaba creíble en aquella posición premeditadamente despreocupada.


Ella no se ha movido, nada lo ha hecho, aunque más difícil resulta comprender que ha transcurrido tiempo y que ha existido la posibilidad de movimiento. Pero el polvo continúa bailando en el haz de luz como granos de arena que caen dentro de un reloj. Como ver aquellos granos por una lente y dejar de comprender si están cayéndose o elevándose en el aire, inexorables.


Aunque no podés ver sus ojos, te duele la certeza de saberlos abiertos. Siempre te parecieron una interrogación y un pedido, esos ojos negros, como si dijeran todo el tiempo por qué y, a veces, ayudame, incluso cuando ella sonreía despreocupada. Ese levísimo reproche, jamás enunciado, te había llevado tantas veces a preguntarte vos mismo cómo y a repetir incansable a mí también me duele. Más que nada, te dolía enfrentarte con tu propia falta de acción, que su pregunta no tuviera respuesta dentro tuyo tampoco.


Querías gritarle: —vos sos, sos vida líquida, vida que se escurre y un día te vas a ir y me vas a dejar a mí sin aire, sin nada. Pero callabas. Porque sabías, que si ella se fuera, todo continuaría y eso te dolía más que su ausencia. Lo sabías, y por eso callabas, aunque tal vez si hubieras podido gritarle, gritárselo fuerte, entonces el mensaje se habría grabado para siempre en los dos.


Nunca le dijiste tampoco, que adorabas su manera de irse. Ella nunca se despedía, jamás se retiraba abruptamente. Adorabas su manera de irse, porque ella no lo hacía, simplemente. Cuando notaba que su presencia era inadvertida, se marchaba, dejándo siempre como última imagen una sonrisa burlona que se grababa en tu retina, cada vez. Así ella se sabía siempre presente.


En eso pensabas, sentado en aquel café, de dónde podés ver su ventana. Estás tomando amargamente un trago más de tu whisky, medida doble sin hielo, como siempre. Cuando te enteraste que ella estaría allí, por tanto tiempo, comenzaste a recorrer las manzanas de alrededor desesperado, buscando un lugar donde pasar el invierno. No podías alejarte tanto de ella. Te decidiste por aquel café. Sabías que tendría que ser un único lugar, que no se trataba de recorrer la zona, de andar por el barrio, como si estuvieras paseando. Un bar, donde pudieran conocerte y comenzaran lentamente a anticiparse a vos y a tus vicios, para que cuando ellos te tomaran, cuando las fuerzas te hubieran abandonado, supieran traerte la próxima medida sin que nada tuvieras que hacer. Una vez elegido el lugar, estarías tan atado a él como ella al suyo.


Por eso te tomaste tu tiempo, recorriste todos, sin entrar a ninguno, eligiendo sin elegir con certeza. Fue después de sentarte por primera vez, finalmente, que te enteraste que verías su habitación, que estaría detrás de aquel muro.


Ahora lo observabas con el desinterés de quien ha visto algo tantas veces, que conoce cada rincón de memoria. Cuando eras chico, leíste en una novela de aventura, que el héroe memorizaba un camino de montaña para escalarlo en la noche, inadvertido. Eso mismo hubieras podido hacer, recorriendo las grietas que se habían formado en aquella pared gris, siguiendo el camino hasta llegar a su ventana.


La imaginás a ella roja en contraste con el blanco que la rodea. Sabés que debe ser así, siempre es así, porque es el color de la pureza. Para ellos que se pretenden tan buenos, tan puros. Y vos sólo podés ver el rojo fulgor que ella irradia y no al revés, como entendiste que ellos esperan la última vez que te atreviste a entrar. Te aseguraron que todo estaría bien. Te dijeron que podrías verla cuando quisieras, o bueno, cada vez que fuera posible. Pero cómo, ella se volvía invisible allí dentro. Eran sus ojos ausentes, su adormecimiento constante lo que hacía que fuera imposible negar su no-ser. Qué posibilidad de encuentro habría. Por eso decidiste no volver, imaginarla. En vos, ella siempre tendría vida brotando a borbotones, corriéndole por toda la piel, erizándote los pelos. Por eso observabas su ventana, como si mejor que estar con ella fuera sentir su energía desde esa distancia, emanando desde el hospital y llegando hasta vos.


Otro whisky. La ves levantar su cabeza suavemente, como quien recién ha despertado y trata de enfocar los ojos. Luego levanta apenas los hombros y todo su cuerpo se vuelvo una interrogación. Se arregla el pelo, se siente siempre observada, y tal vez su intuición sea correcta. Después de un tiempo, no sabés cuánto, un poco de tiempo, en el que ella permanece sentada inmóvil, atravesando el umbral que la trae de nuevo a la tierra —ellos no entienden, con sus batas blancas, sus altanería y sus métodos para etiquetar— se levanta y camina hacia la ventana con tal gracia que todavía sentís que no se ha movido. Te preguntás de pronto, un poco asustado, si le será posible verte desde allí. Recordás en un único instante tu aspecto dejado, tu barba de varios días, los ojos hinchados del alcohol y la falta de sueño. Sentís vergüenza de pronto y te invade una urgencia de vomitar, pero no desde el estómago, si no todas tus tripas. Quedarte vacío por dentro. Tratás de calmarte, te repetís a vos mismo incontables veces algo que te dijeron cuando eras chico, si vos ves tan bien hacia fuera del vidrio, hacia donde hay luz, entonces no pueden verte en un lugar oscuro. Lo decís una y otra vez, aca hay menos luz, no pueden verme, está oscuro, nadie puede verme, afuera hay sol, es imposible, no puede verme. Sin embargo, bajás la mirada. Nunca pudiste hacerle frente a la fuerza penetrante de la mirada de ella, cuando te aparece así, tan segura de sí misma, tan certera, tan real. Sabés lo que está pensando. Te mira con reproche, no, con bronca en realidad, y ese mismo interrogante y sus expectativas. No tenés fuerza para hacerle frente a ella, no podés, sabés que es imposible. Otro whisky. De pronto se distiende todo en vos, te relajás y te dejás llevar por el sopor. Sí, sí, le dimos otra inyección. Es que presentaba cierta alteración, estuvo todo el día mirando por la ventana. Quién sabe que película estaría viendo, pasó de la risa al llanto más de una vez. No se preocupe, hoy va a dormir bien y mañana tal vez pueda venir y pasan un rato juntos.

sábado, 4 de octubre de 2008

Mamá Cecilia - Parte 2

Tomás reconoció la casa de inmediato y ni bien mamá Helena lo dejó libre fue corriendo a buscarla. Recorrió las habitaciones, el jardín, el comedor que aún no estaba lleno del bullicio de los adultos y la cocina, de la que lo sacaron con una suave mano en la espalda.
Ella no estaba. Se quedó parado en la puerta del cuarto donde la había visto por primera vez, barriendo la alfombra con los ojos. No estaba, ella no estaba. Volvió a contar las rendijas de la persiana, y las manchas de humedad del techo, queriendo asegurarse de esta manera que era allí donde debía encontrarla, que no se había equivocado.
Lucía, parada detrás de Tomás, respiraba despacio para que él no se perdiera y tuviera que volver a comenzar. Cuando creyó que hubo terminado, le tocó apenas el hombro, para que no se asustara. Él se dio vuelta con la mirada baja, tal vez triste, y se encontró de pronto con los zapatitos de ella. Entonces una gran sonrisa se dibujó en su cara. Se miraron por un segundo, después Lucía salió corriendo de la vergüenza que le había dado. Así comenzó el juego de aquella noche, ella se escondió detrás de las herramientas del jardín, él la encontró y salió a su vez disparado a meterse en el placard del cuarto de invitados; luego ella, enredada en la cortina del baño, lo buscó a él, que compró finalmente a las empleadas de la cocina con una mirada suplicante, y logró que lo dejaran acurrucarse debajo de la mesa, siempre que prometiera quedarse muy, muy quieto.
Continuaron así, hasta que mamá Cecilia, que no halló esta vez en el rostro de su hija excusa alguna para retirarse, dijo:

—Vamos, Carlos. Estoy cansada ya, me duele un poco la cabeza.




***


Lucía llegó primera y fue directamente a la cocina para hacerse de un buen número de caramelos. Pasó los minutos siguientes escondiéndolos y desperdigándolos por la gran casa. Uno en el viejo tintero del Señor Héctor, otro en el cajón de su escritorio, varios perdidos entre las flores del jardín, y así. Le quedaban dos en la mano cuando la sorprendió Tomás, no lo había escuchado llegar, ocupada como estaba en encontrar el escondite apropiado para cada uno de sus dulces. Tomás la miró fijo, con los ojos encendidos: no se animaba a pedirle uno, no se animaba a preguntarle si había más para él. Creía que si lo hacía iba a conseguir que ella no le diera ninguno. Lucía sabía que la estaba codiciando y alargó el silencio a propósito antes de decirle:

—Hay más. Los escondí.

Entonces Tomás entendió que ese sería el juego de aquella noche: debía encontrar los caramelos. Hubiera querido decirle que no, que le dijera dónde estaban, y que en vez de eso, jugaran a la mancha, o hicieran el gran rompecabezas con dibujitos animados que veía en una caja grande, en una repisa alta, del cuarto de invitados. Pero no dijo nada.
Lucía, en cambio, con una sonrisa aún más amplia de la que ya tenía esbozada en el rostro dijo:

—Para que te diga dónde están tenés que responder mis preguntas bien. Por pregunta, una pista.

Los ojos de Lucía brillaban de poder. Le preguntó su color preferido, los dibujitos que le gustaba mirar, si su mamá lo retaba cuando no comía todo lo que había en el plato como a ella, si su abuelo no lo quería, si su papá lo llevaba al colegio antes de ir al trabajo hablando por celular todo el camino, si su mamá también lloraba de noche y si decía que era por una cebolla, aunque no hubiera ninguna cerca. Le preguntó en qué año había llegado el hombre a la luna, cuándo desaparecieron los dinosaurios, le pidió que nombrara los siete colores del arco iris y los nueve planetas del sistema solar.
Cuando él finalmente dijo Plutón ella fueron al comedor para buscar los cuatro caramelos que estaban escondidos ahí. Pero cuando llegaron mamá Cecilia los miró con cara de enojada. Esta vez, por encima del bullicio se escuchaban algunas voces gritando. Tomás se asustó y se quedó quieto. Pero Lucía estaba decidida a darle darle los caramelos que se había ganado, y no prestaba atención a nada más. Comenzó a gatear entre las piernas de no sabía muy bien quién, descubriendo los dibujos grabados en las patas de la mesa y mirando el piso, que se convertía en una ciudad repleta de tesoros escondidos, como sus caramelos. Los agarró y mientras salía, chocando con más de una pierna, porque era tan difícil gatear para atrás, escuchó de pronto a Mamá Cecila. Que dejara a los adultos en paz. Dejar a los adultos en paz, siempre había que hacer eso. Bajó la cabeza y se fue arrastrando los pies, y antes de que hubiera dejado el cuarto las voces se habían elevado de nuevo, y esta vez sí, ella las sentía como truenos.




***


Lucía aprendió a inventar millones de juegos y a disfrutar del efecto que sus exigencias tenían en Tomás; él, a dar vuelta las cosas para que fueran a su gusto, sin contradecirla. Ella decía “juguemos a las muñecas”, él le contestaba: van en auto. Ella decía la hora del té y él respondía: con dulces de verdad.
De tanto en tanto, venía alguien más. Algún sobrino, tal vez, o algún hijo de una familia amiga, que se convertían en compañeros de juego eventuales. Lucía y Tomás jamás quisieron excluirlos, pero por razones que no lograban entender, los nuevos terminaban siempre en los brazos del adulto que pudiera consolarlos, llorando. Cuando Cecilia, horas más tarde, se dirigía a su hija enardecida, preguntándole qué demonios había sucedido, Lucía le susurraba:

—Lo invitamos a jugar, mami. Pero no sabe contar las rendijas de la persiana ni girar hasta caerse.

Entonces Cecilia no encontraba fuerzas para gritarle y abrazaba la pureza de su hija, que ella imaginaba libre de maldad.
Otra cosa que sucedió poco a poco, fue que limitaron su zona de juego a la habitación alfombrada, los jardines y la cocina. Al principio, lo hacían en toda la casa, pero Héctor le había mencionado a su esposa María que más de una vez había encontrado pegoteados los papeles de su oficina. María había hablado inmediatamente con las dos madres que prometieron, no volvería a suceder. Helena y Cecilia, rojas de vergüenza, les cerraron la puerta del escritorio para siempre con una llave invisible que decía: no pueden volver a entrar. “¿Entendieron?”
Después fue el comedor. Les gustaba jugar ahí, con los muebles suntuosos y en ocasiones, por qué no, entre las piernas de los invitados. Pero cada vez, Cecilia los sacaba con más ímpetu. Fuera del living, continuaban escuchando gritos que ya no comprendían: si ellos habían hecho caso, habían salido del cuarto.

Las noches fueron sucediéndose una a la otra, gotas tintineantes de agua. Trajeron el amor maternal de las empleadas de una casa vacía, donde abundaban los chocolates pero no había jamás un niño para consentir. Los habían adoptado en seguida, conocían de memoria cada uno de sus juegos. Tal vez vieran a través de ellos la enorme carencia que sentían, por trabajar en una casa yerma, hermosa pero falta de vida, como sospechaban, lo era el vientre de su dueña.
Por eso, cuando Lucía entró a la cocina esa noche, Carmela ya sabía que ella quería jugar a la hora del té, y que iba a pedirle caramelos, que eran los preferidos de Lucía, y chocolates y confites, que eran lo que más le gustaba a Tomás. Carmela ya sabía, pero cuando fue a buscarlos, agarró más que de costumbre, en una premonición de que no iba a necesitar guardar algunos para la vez siguiente. Mientras los repartía en recipientes para dárselos a la pequeña, se concentró en escuchar las voces que provenían del comedor, que iban subiendo de tono, cada vez más alto, cada vez más.
Lucía vio una lágrima correr por la mejilla de Carmela y le preguntó si había estado cortando cebolla. Carmela la miró. Le dijo que no, que no lo había hecho, y la tomó en sus brazos. Siguió abrazándola fuerte, Lucía adoraba enroscarse alrededor de Carmela, hasta que llegó ella.
Mamá Cecilia entró en la cocina como una tempestad, las manos le temblaban en los gestos apurados, tenía la cara violeta y congestionada de bronca. Arrancó a Lucía de los brazos de la empleada, al mismo tiempo que decía, con un hilo de voz solamente, porque de otra forma hubieran sido alaridos:

—Lucía, ponete los zapatos. Nos vamos. A h o r a.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Mamá Cecilia - Parte 1

A Lucía le gustaba girar. Entraba en un cuarto y daba vueltas avanzando, cuidando especialmente los bordes de la cama, que era de lo que más dolía. Después aprovechaba el momento de leve confusión para apreciar esa imagen borrosa que quedaba del mundo, más verdadera que los costados nítidos de los muebles y los ángulos perfectos de las paredes con el suelo. A veces se caía. No pasaba muy a menudo lo que era una gracia y una desgracia al mismo tiempo. Cuando era más pequeña, la había salvado de los “un día te vas a matar” de mamá Cecilia, pero también le había privado los espléndidos segundos de su mundo al revés. Las bocas y los ojos invertidos, que aparecían por detrás de su cabeza, primero la mata de pelos, frente, nariz, boca murmurando: “¿estás bien?”. Y en seguida la mano abierta, la ayuda disponible, no sospechaba, no podía sospechar, que esa ayuda era una imposición; ella deseaba permanecer allí, contando las manchas de humedad del techo y las rendijas de la persiana, que proyectaban luz a rayas sobre la pared. No le alcanzaba con decir que no, porque entonces comenzaban más preguntas y los “¿seguro que estás bien?” que interrumpían la cuenta, y entonces se perdía y hubiera tenido que volver a comenzar. Pero nunca sentía ganas y se agarraba resignada, tomando siempre la muñeca y no la mano, para no resbalar. Tomás apareció un día allí. Los pelos rubios enredados, seguidos por sus ojos claros, la nariz de botón que sólo los chicos pequeños tienen el privilegio de tener. Ella se asustó al principio, porque había visto el cuarto alfombrado y vacío, esperándola, había girado con fuerza, queriendo tropezar, enredarse con sus pies y caer. Lo había hecho y estaba riéndose con ganas hasta que vio los rulos asomarse. Entonces se calló de repente, porque conocer gente al revés le resultaba tan extraño. Pero él no cometió el error de tenderle la mano para que pudiera levantarse, se dejó caer a su lado, con sus cabezas como centros de yin-yan y comenzó a reírse despacio, hasta que Lucía se plegó a su risa y permanecieron así varias horas, riendo, jugando a contar manchas, o a decir nombres extranjeros y hablando sobre las piletas hondas y el hermoso vértigo de hamacarse fuerte hasta que da mucho, mucho miedo. Comprendieron lentamente que un nuevo encuentro no dependía de ellos, que los dos habían sido vestidos y peinados con prolijidad, y los habían traído a aquella casa extraña a la que no sabían ir. (En cambio, Lucía sí sabía ir a la panadería y a la escuela sola). Entristecieron. Dejaron de reír, él le tomó la mano, y comenzaron a caminar juntos, por las habitaciones, el jardín, el comedor donde el ambiente se llenaba del bullicio de la conversación de los adultos y la cocina, de la que los echaron con una suave mano en la espalda, luego todo de nuevo, otra vez.En uno de sus recorridos, Cecilia vio el rostro de ella con los ojos lánguidos y dijo:

-Vamos, Lucía tiene sueño. Mirá la cara, pobrecita… Vamos.

sábado, 30 de agosto de 2008

Consejo para poetas

"Creedme que todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros". Rainer Maria Rilke

martes, 26 de agosto de 2008

El Tío Facundo de Isidoro Blaistein

Este cuento me leyeron, hace unos días, en voz alta. Recomiendo lo mismo, es imperdible.

http://confites.blogspot.com/2007/10/el-tio-facundo.html

"Mamá era feliz como una descosida y salía todas las noches con el joven poeta, y el tío Facundo decía que eso era bueno, que era salud y era la vida, que en la vida las cosas había que matarlas viviendo, que la belleza y la pornografía debían ir juntas y que el gran problema de la gente, cuando no había guerras, era que se aburría. Por eso, decía, los vecinos se pasaban la vida en la puerta viviendo de la vida de los demás, que los chismes eran una forma del romanticismo frustrado y que la gente consumía revistas de crimen y pornografía porque lo necesitaban, porque le suplían la vida, porque la verdadera vida era un vendaval."

lunes, 25 de agosto de 2008

BRONCA

Cuando las sensaciones son intensas para mí las veo propagarse por mi cuerpo, invadiéndome, como una gota de tinta en el agua: comienza concentrada en algún lugar y luego se difunde. Sólo que la gota no queda encerrada en mí. Sino que se expande al ambiente, me trasciende. El problema es qué hacer cuando no quiero manchar a nadie, no quiero si quiera a veces que nadie sepa de esa emoción.

Hoy me inundó una bronca. Era tan grande que se me veía en el fondo de los ojos, en las manos apretadas, en el rostro tenso. Estoy segura de que si alguien me hubiese visto, hubiera pensado en la amargura que yo tenía dentro. ¡Qué fea es la sensación que se tiene cuando se ve a alguien así! Me hubiera gustado haber pedido perdón a aquellos que me encontraron hoy, yendo por el mundo con esta bronca que tengo adentro, y que no les devolvió mi mirada ganas renovadas de vivir o una profunda sensación de alegría o soltura. Me gustaría darles eso a los que me ven. Pero hoy no. Y también es una parte de ser, aceptar que no hay.

La bronca que tuve es bronca de frustración. La frustración es una puerta a la impotencia y la impotencia a la pequeñez. No es exactamente lo que más deseo para mis días. Queda una certeza que encuentro bellísima de recordar. Tener este miedo, sufrir esta frustración y levantarme mañana sin ganas de hacer nada es una forma de saber que hoy estoy viva, no entumecida, no adormecida, no asustada por el miedo a fracasar. Viva, dispuesta a caer. Igual que el dolor: no hay tan dulce certeza de vivir.

Es simple, en el amor, en la alegría encontrar vida. Todos lo hacen. Pero también es más sencillo equivocarse, aferrarse a la falsa alegría, al falso amor: para sentir, para creer que siento. En cambio al dolor, bueno, tal vez sea más difícil imaginar que inventamos nuestro dolor sólo para tener certeza de vivir, para tener alegría. Yo creo que el verdadero dolor, el que es real, sólo llega, tan fuera de nosotros, tan fuera de nuestro control, que no queda más alternativa que saborearlo lentamente, como aquellos sabores ácidos que pinchan dentro de la mandíbula y hacen que la lengua se haga más fina y dan ganas de tragar rápido, aunque la sensación continua siempre después, aunque sepa que la sensación continua siempre después.

sábado, 19 de julio de 2008

¿Qué es un encuentro después de todo?

¿Qué es un encuentro después de todo? Vos y yo, uno a cada lado de la mesa, riendo más que hablando, estirando los dedos de a poquito hasta que por casualidad (¿casualidad?) llegan al otro lado de la mesa donde están cerca tuyo y siguen alargándose, crecen como plantas que buscan luz porque quieren tocarte, temerosamente.

Entonces estás vos, y estoy yo y nuestros dedos a punto de tocarse –y tal vez si lo hicieran todo se caería y nos perderíamos en un mundo que, por suerte, no es– pero eso no ha sucedido y tu uña está a milímetros de mi nudillo y siento el peligro condensado en el aire y la energía vibrando en ese espacio. Pero no se tocan, aún, no se tocan.

Es que me preguntaste quién era y yo quiero decirte mientras lo que de verdad está ocurriendo es tu dedo frente a esa mano. Salen las palabras de nuestras bocas como cataratas –más risas que palabras, por lo menos– y yo respondiendo sin hablarte quién soy. (Y si me preguntaras por mis miedos nunca te diría que temo estar sola, no, no estar, sino ser, como las Soledades de García Márquez). Entonces tu yema comienza a deslizarse por las líneas de mi palma, ah, y rápidamente se enredan las manos, como si una vez atravesado ese umbral fuéramos libres de no destruir el universo con el contacto de nuestros dedos.

He intentado mostrarte quién soy, pero me he dado cuenta en seguida que los dedos entrelazados no alcanzaban, y no ha comenzado a llover cuando nuestras manos se tocaron, y como nuestros dedos no hicieron que seamos, busco tus ojos y sueño.

Sueño que ya éramos lo que somos.

Sueño que siempre seremos lo que somos.

Y tal vez así, eternizando el instante que era fugaz. Tal vez así, deteniendo el tiempo, –no congelado porque no me gusta, en un movimiento que es detenido– tal vez así puedas verme y yo a vos, por que de otra forma, si el tiempo se obstinara... No llego a verme a mi misma mientras todo se escapa y vos y yo escapamos.