Crónicas, son las pequeñas cosas de la vida. Poesía o algo así... son imágenes que creé. La lúdica, porque a quién no le gusta jugar de vez en cuando. Pequeñas narrativas son historias... o fragmento de historias, porque se trata de construir. Y, por último, Mis citas preferidas, un viaje por mis lecturas que, espero, quieran compartir.

sábado, 31 de mayo de 2008

LLENO DE PUNTOS

A Pétalo, porque la historia es suya
Para mí las mañana siempre tuvieron paz. Es el día que tiene la capacidad de volverse turbio. Literalmente turbio: ininteligible, opaco, lleno de puntos. Eso, turbio para mí quiere decir lleno de puntos.

Bueno, pero resulta que hoy me desperté con una sensación de paz. Sí, es verdad, casi siempre me despierto así. Creo que es el rincón del Jardín de Edén que habita dentro mío. Conservo la inocencia para aceptar levantarme, despertarme con paz: y luego arruinar lo que queda del día.

Y hoy fue un día que me exasperó de más. Pero eso no es interesante. Seguro que tu día también lo fue. Pero hubo algo especial. No por lo exasperante, claro que no. Más bien por la innegable satisfacción que siento ahora. Estoy satisfecha por que hoy viví un intento de robo. No fui yo la que lo intentó. Concretamente –siempre hay que decir las cosas así– concretamente, lo que sucedió es que yo estaba en el subte. Era tarde, aunque esto no influye demasiado, pero realmente lo era. Entré en el vagón, me paré frente a los asientos y me tomé de una manija. Como siempre pasé así algunos minutos; el subte y yo tenemos una larga relación, por lo que fueron unos minutos agradables. Hasta que. Sentí que alguien se paró justo detrás mío. Demasiado cerca. Demasiado para la situación mucho más parecida a un campo argentino con vacas que un recital de rock, en el subte de las diez de la noche. Por instinto –mentira, no hay instinto acá, esto es cultura, el robo es cultura– moví mi cartera hacia delante: tenía el cierre abierto.

Temor. No faltaba nada. Alivio. Recién entonces pude sonreír como quería: “me quisiste robar”. Inmediatamente corre por mi rostro hacia mi cuello la saliva ajena. ¿Cómo se atreve? –me pregunto– ¡cómo! Se desata en mí. Se precipita, se atropella hacia la superficie el rencor. Entonces le pegué una patada. ¿Fue suficiente para alejarla? No. Para calmar mi ira, para ello fue suficiente.

Llegué a casa feliz. Mi día había sido un buen día. Era de noche y sentía una paz que me hubiera permitido soñar los sueños más encantadores.

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